“Llega bien, maneja con cuidado”

Ya han pasado dos años.

El día 16 de Octubre de 2018, me preparaba a salir en la moto cuando me encontré con mi papá en el portón, como era usual. Me comentó que estaba planeando llevar a mi mamá a la playa a comer empanadas, él amaba el mar y hacía años que no iban. No recuerdo ahora si me habrá dado un abrazo antes de salir, pero ya arriba de mi moto recuerdo exactamente lo que me dijo, al igual que siempre que me veía partir en la moto: “Llega bien, maneja con cuidado”.

Al día siguiente, a pesar de estar en la casa todo el día, no me encontré con él, lo que a veces era usual porque distintos dolores lo hacían estar acostado algunos días más que otros.

La mañana del 18 de Octubre, una mañana como cualquier otra, estaba jugando en mi PC cuando mi puerta se abre de golpe, casi al mediodía, el rostro de mi mamá me bastó para saber que algo malo había pasado, mi papá no había despertado, ni volvería a hacerlo.

Desde ese minuto, el resto del día fue como uno de esos sueños de los que uno espera despertar en cualquier momento, pero no se puede despertar de la realidad.

Mi papá murió horas antes, durante la madrugada de un infarto, con 54 años. El día anterior se había sentido muy mal, pero desde hace años, aquejado por dos hernias, dolores musculares y úlceras estomacales, pensó que sólo se trataba de un dolor de estómago, que sólo era un día más de dolor. Recuerdo cuando, hace ya muchos años, en un viaje en micro me decía “tengo que ser amigo de esos dolores, de otra forma no podría dormir con ellos”, muchos años de eso y con una gran tolerancia al dolor, las señales de un infarto pasaron inadvertidas, esperando despertar algo mejor al día siguiente.

Es extraño mirar hacia atrás y darse cuenta que uno da por hecho tantas cosas, que mañana será igual que hoy, que quienes están hoy estarán mañana.

Le agradezco muchísimo todo lo que hizo por mí, por mis hermanos y por mi mamá. Si bien cuando chico no apreciaba todo, ahora sé que siempre se esforzó por nosotros, quiso compartir con nosotros una vida mejor y guardó esa esperanza hasta el final. Me enseñó muchas cosas, me contó de sus aventuras viajando, nos enojamos varias veces, nos hacíamos bullying a menudo. En algunas cosas lo consideraba un ejemplo, en otras quizá un contra-ejemplo, lo vi en altos y bajos, pero finalmente sumando todo, gracias a él en gran parte, así como a otros, creo ser quien soy ahora.

En el funeral asistió mucha gente, más de la que habría imaginado, lo atribuyo a que era muy bueno para conversar y compartir con otros. Y me di cuenta de que muchos lo querían, muchos lo extrañaríamos. Justamente por su forma de ser, el vacío se sintió muy grande, aún ahora.

Si bien tengo muchos recuerdos enmarcados en mi memoria (y una foto enmarcada literalmente), hay una cosa material que me hace recordarlo siempre: mi moto, la que, como escribí anteriormente, me ayudó a comprar unos años antes. “Te hacía falta una moto”, me dijo en una ocasión. “¿Qué le estás haciendo ahora a esa moto?”, me preguntaba vez que me encontraba haciéndole alguna mantención o simplemente “intruseándola”. Le agradezco todo lo que he podido conocer, vivir y disfrutar en ella, creo que lo mejor que puedo hacer es recordar siempre sus últimas palabras y apegarme a ellas todo lo que pueda: “Llega bien, maneja con cuidado”.

Picando aceitunas para una pizza, le encantaba cocinar (¡y comer!)

En memoria de Ariel Cabrera Rodríguez, mi padre. Te quiero y te extraño muchísimo.

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