Esta es la segunda parte de la aventura en Japón 「1ª temporada」
Prefacio
Luego de pasar 4 días en Tokyo, donde juntamos un poco de experiencia y caminamos mucho, partimos en moto hacia el puerto de Oarai para tomar el Sunflower Ferry, el cual que nos llevaría hacia la isla norte de Hokkaido.
Hokkaido es considerado el lugar más salvaje del país, donde la naturaleza se expresa de formas excepcionales. Un paisaje montañoso, volcanes y calderas, y un mar que se congela en invierno. La isla conforma un 20% de la superficie de Japón, aunque menos de un 5% de su población vive aquí, por lo que se siente un gran contraste a las aglomeraciones de Tokyo.
Nos esperaban maravillosos paisajes otoñales, más especies de flora y fauna por descubrir, y rutas heladas en una tierra de clima subpolar.
En esta segunda parte de la historia comenzaremos el recorrido con un frío pajareo pelágico, con albatros y fardelas, antes de arribar a Tomakomai, nuestra entrada a Hokkaido. En los días siguientes avanzaremos desde la ciudad de Sapporo hacia el este, cruzando las montañas hacia Obihiro, para luego alcanzar el humedal más grande de Japón, el Kushiro Shitsugen. Todo esto con el fin de conocer a una de las aves más emblemáticas y bellas de Hokkaido, el tanchō.
20-oct. [(ferry) Tomakomai – Sapporo]
64 km
El lejano sonido del motor envolvía todo desde las profundidades del ferry. Eran las 3 AM cuando desperté. Me preguntaba sobre la tormenta eléctrica del pronóstico y me levanté para mirar. No habían rayos ni lluvia, pero salir a la cubierta fue emocionante de todas formas, ya que la oscuridad, el frío y un fuerte viento me envolvieron y sacudieron. El único ferry que había tomado antes era el que cruza el canal de Chacao, hacia Chiloé. Un cruce de apenas 5 km en una media hora. Esta nueva experiencia era exponencialmente más fantástica. En algunas hora estaríamos en Hokkaido.
Volví al interior, saqué un jugo de una jihanki a bordo y decidí aprovechar el tiempo escribiendo en la libreta. El viento helado me desprendió de cualquier resto de sueño que pudiera tener. El salón estaba vacío y por las ventanas sólo se veía oscuridad. Recién a las 5:30 comenzó a iluminarse el cielo. ¡El amanecer! Llegó el momento de ir por mi cámara, ya que estaba por comenzar el pajareo pelágico más largo de mi vida, en aguas desconocidas.

Salí con mi cámara y binoculares a la cubierta. El viento era frío y hacía de cada ola que atravezábamos una nube de rocío salado. Extrañaba mi chaqueta con chiporro, la que tuvo que quedarse en Tokyo por el escaso espacio para equipaje. Sólo quedaba aprovechar la capa térmica de mi chaqueta de moto abajo de mi polerón. Este frío anticipaba lo que vendría en Hokkaido.
Mientras tanto, y antes de que saliera el sol, apareció un japonés de unos 50 años trotando en la cubierta. Vestía un tipo de ropa tradicional, que abrigaban tanto como un short y una polera. Trotaba como si se tratara de otra fresca mañana, a pesar del viento helado, por lo que sólo pude concluir que este hombre tenía que ser de Hokkaido.

Estaba ansioso por ver las primeras aves pelágicas del viaje, aunque antes de eso los rayos de sol fueron un espectáculo por cuenta propia.



Pude ver dos de los tres albatros que hay en Japón y en el Pacífico Norte: Laysan Albatross (Phoebastria immutabilis) y Black-footed Albatross (Phoebastria nigripes). No hubo rastro del Short-tailed Albatross (Phoebastria albatrus), el más difícil de ver, luego de que su población sucumbiera a la masacre por el comercio de sus plumas, para aferrarse a la vida desde el mismísimo abismo de la extinción y, luego de mucho esfuerzo por protegerlos, volver a aumentar sus números en la actualidad. Es doloroso imaginar una industria que en apenas 15 años haya acabado con al menos cinco millones de albatros…
Otras aves pelágicas que aparecieron fueron el Providence Petrel (Pterodroma solandri) y el super abundante Streaked Shearwater (Calonectris leucomelas). Sólo podía tratar de tomar fotos lo suficientemente buenas para poder identificarlos luego con mi libro. (¡Y fueron varias horas de consultar el libro, eBird y Merlin!)

ハジロミズナギドリ | hajiromizunagidori

[Luego de pensarlo, elegí subir igual esta foto. Recuerdo de un momento feliz]
Un buen rato más tarde, a una hora más civilizada, Feru se levantó y apareció en la cubierta. En la tienda del ferry conseguimos el que se volvería el clásico desayuno de viaje: un sándwich de atún-mayo, un onigiri y un jugo en caja. Volvimos a la cubierta y fue entonces que empecé a reír de alegría. ¡Esto es una de las cosas más geniales y emocionantes de mi vida!

Cuando Hokkaido apareció en el horizonte, un japonés con un impermeable amarillo se acercó a hablarnos. Usé el traductor y a la traductora (Feru). Aún así, el ruido, el viento y su incesante forma de hablar abrumaron a ambos traductores. No podíamos seguir su conversación, menos responder adecuadamente. El traductor captaba una fracción de lo que decía y yo interpretaba una fracción de lo traducido. Fardelas volando en el fondo. “Desearía que pudieras demostrar más interés en lo que trato de decir”, indicaba el traductor. No sabía cómo salir de ahí sin ser descortés. Era como un diálogo infinito de un juego. Al final Georgie-san (como lo apodamos luego por su impermeable) se despidió, luego de 20 minutos hablando.


A las 14:30 llegó la hora de desembarcar. Un último vistazo desde la cubierta nos permitió ver cientos de Black-tailed Gull (Larus crassirostris) y decenas de Japanese Cormorant (Phalacrocorax capillatus) posados en los diques. Pero algo más llamativo ocurrió. ¡La cubierta fue invadida por un centenar de libélulas!
Las primeras páginas del libro de Mark Brazil resonaron en mi mente. En tiempos antiguos, los habitantes de Japón llamaban a su tierra Akitsushima, ‘Isla de las libélulas’. Además de ser un país extremadamente diverso en este grupo de insectos, éstos también son un emblema nacional y son asociados simbólicamente con el otoño.

¡Llegamos a Hokkaido!
La llamada “tierra de fuego y hielo”.
Y lo primero que escuché vocalizar en la lejanía fue un esperado Black Kite (Milvus migrans). Es posible que quien haya escuchado una rapaz en un anime ya reconozca su llamado.

Tomamos un primer sofutokurīmu (‘soft cream’) en el terminal, mientras buscaba dónde nos alojaríamos esta noche. Me gusta viajar improvisando. Creo que mochilear hace años ayudó a desarrollar la paciencia y la capacidad de ser flexible, pero cuando sólo queda una hora para la puesta de sol y ya hacía frío… Fue un momento estresante. Al igual que en Tokyo, fue un problema buscar algo con estacionamiento para motos, pero finalmente encontré algo que lucía bien. El hotel La’gent Stay Shin-Sapporo. A las 16:30 partimos hacia la capital de Hokkaido, Sapporo, con el sol justo sobre el horizonte. Sólo eran 64 km. Y sería un viaje frío.
Tomamos la Ruta E5 hacia el norte, una autopista, para poder llegar lo más rápido posible. Bastó que el sol se escondiera para sentir un frío terrible. Cuando llevábamos 3/4 del recorrido apareció la Wattsu Parking Area, donde nos vimos obligados a parar y conseguir algo caliente. Una máquina jihanki nos salvaría con sus latas de café caliente para calentar nuestras manos y recuperar calor. Aquí también pudimos tener nuestro primer encuentro con la celebridad emplumada de Hokkaido, el adorable pajarito shimaenaga, Long-tailed Tit (Aegithalos caudatus). A lo largo de nuestro viaje por Hokkaido la llamada “hada de las nieves” se volvería una visión recurrente, así que ahora teníamos aún más ganas de ver a la especie en vivo.



El resto del camino fue oscuro y muy helado (alrededor de 5ºC, de las noches más frías ese mes). Me preguntaba si sería buena idea recorrer Hokkaido en moto, considerando la época y que no teníamos abrigo suficiente. Sólo podía concentrarme en avanzar y llegar a refugiarnos.
Sapporo se desplegó frente a nosotros y pronto nos encontramos en el hotel La’gent Stay Shin-Sapporo. Junto a la recepción había una máquina de espresso, la cual se volvería nuestra mejor amiga del hotel. El lugar se veía más elegante de lo que esperaba, aunque costaba lo mismo que el de Tokyo. ¡Y no tenía estacionamiento de motos! (¿Por qué Japón, por qué?) Afortunadamente el personal de la recepción me permitió estacionar la V-Strom en un espacio al costado del hotel, lo cual fue un gran alivio. Sólo serían dos noches antes de seguir.

Nuestra habitación tenía 16 m², un poco más grande que la de Tokyo. Me acosté de inmediato, anticipando el desayuno que se veía rico en las fotos.
21-oct. [Sapporo]
Busqué el hotel con los criterios de estacionamiento y desayuno. No había estacionamiento. Y cuando esperaba recuperar parte del precio desayunando bien, nos encontramos con que costaba ¥1.980 (unos $12.000 CLP). Más encima, el plato principal era carne, por lo que valía aún menos la pena para nosotros.
Si bien los dos somos vegetarianos, en mi caso desde el 2007, elegimos incluir algunas cosas con carne durante nuestro viaje. En Japón no hay muchas opciones de cosas vegetarianas, menos aún lejos de las ciudades importantes. Y como ya estábamos viendo que nuestras comidas eran básicas y algo espaciadas durante el día, restringirlas aún más nos tendría constantemente bajo el límite y sin energía. Aún así, si había opción vegetariana, yo feliz de elegirla.
Decidimos aprovechar el día caminando hacia el parque forestal de Nopporo, encontraríamos algo que desayunar en el camino. Lo mejor de este hotel era su cercanía el bosque, sólo 2 km, a la vez que quedaba lejos del centro de la ciudad. Durante la caminata pudimos disfrutar de una bella paleta otoñal, en una transición desde las hojas verdes en Tokyo hacia un follaje amarillo, naranjo y rojo. En japonés existe una palabra para esta paleta, kōyō (‘hojas de otoño’), y así como el contemplar la floración de los cerezos en primavera (hanami), también es tradición salir a admirar el follaje de otoño (momijigari).

En el camino también pudimos encontrar algunos pajaritos, como Coal Tit (Periparus ater) y el Varied Tit (Sittiparus varius), además de ver otro par de Black Kites (M. migrans).

トビ | tobi
Entrar al parque me dejó sin palabras. Pasamos abruptamente desde la ciudad a un bosque que podría comparar a la ecorregión del bosque templado valdiviano. Helechos, hierbas, arbustos y cientos de enormes árboles, en cuyas copas vocalizaban algunos pájaros invisibles. ¡Este es el tipo de lugares que más amo!

Estar en lugares así me permite sentir una calma inalcanzable en la ciudad. Además, similar a cuando subo a la cordillera, hace que se pueda contemplar desde otra perspectiva muchos de los problemas que me agobian, y darme cuenta de lo irrelevantes que son varios de ellos. Me recuerda que sólo estoy en un breve paso por el mundo. Y termino mirando atrás en el año y lamentando salir tan poco. ¡Lo que quiero es estar más días de mi vida rodeado de la naturaleza!
P. D.:
Meses después encontré una palabra del japonés que podría expresar este anhelado escape a caminar por el bosque: shinrin-yoku.

ゴジュウカラ | gojūkara
Un japonés muy amable nos conversó en el sendero. Se asombró al decirle que estábamos recorriendo en moto y nos advirtió del peligro del hielo en los caminos al amanecer. También nos comentó lo hermoso que era este bosque, el cual nos tenía maravillados por completo.
En medio del sendero se encuentra el estaque Mizuho, donde había un gazebo, un pabellón techado para descansar en medio de un pastizal. Decenas de libélulas rodeaban el lugar, recordándonos nuevamente “Akitsushima”. Las galletas y té helado que compramos en el konbini del camino estuvieron tres veces más ricos estando en un lugar así.


El bosque se iba poniendo cada vez más hermoso y su paleta causaba emoción en nuestro interior. Nos volvió a llamar la atención que no veíamos absolutamente ningún rastro de basura en el suelo, y nos entristeció compararlo con lo que se ve en Chile. Recordé cuando visité el Parque Nacional Conguillío el 2011, donde luego de caminar unos 6 km hasta un glaciar, encontré un pañal abajo del agua que caía del deshielo.
¡Había una gran variedad de hongos a lo largo de todo el recorrido!




Caminábamos en silencio, atentos a cualquier señal de vida. Vi en iNaturalist que este bosque es habitado por ciervos, zorros y ardillas, además de otros mamíferos de hábitos nocturnos. Vimos a un par de senderistas caminar con unas campanitas colgando de sus mochilas. Lo relacioné a los osos pardos de Hokkaido y luego confirmé que se usan como disuasor. ¡Ojalá pudiéramos ver un oso… de lejos!

No vimos ningún mamífero, pero vi algo que me atrapó profundamente. Escuchamos un motor a nuestras espaldas y al poco rato apareció un hombre en una Honda Super Cub 50. Era un guardaparques recorriendo en esa pequeña moto los senderos de tierra mojada y hojas caídas. En ese momento vi el trabajo de mis sueños materializado, para luego perderse en el largo sendero del bosque.

Luego de adentrarnos 3,5 km nos tuvimos que obligar a dar la vuelta, ninguno de los dos quería que el recorrido terminara. Los senderos permitían hacer un largo circuito en todo el bosque, pero no queríamos terminar saliendo de noche. Había que recordar el consejo del viejo Bilbo:
“Si no controlas a tus pies, no hay forma de saber adonde te llevarán”
Nos llevamos una fantástica impresión del parque y del paisaje que nos esperaba en el resto de Hokkaido.


Antes de volver a dormir, ya de noche, encontramos el Manji Shoyuya Ramen, donde tenían una rica opción vegetariana. El local tenía una linda decoración de la era Showa y su atención fue muy buena. Al llegar al hotel (y luego de saludar a la máquina de espresso) un fuerte dolor de cabeza me obligó a acostarme, así que ese largo día llegó a su fin abruptamente.
22-oct. [Sapporo – Obihiro]
238 km
Amanecí sintiéndome mejor, menos mal, ya que teníamos una larga ruta que recorrer. Hoy cruzaríamos hacia el oriente las montañas Hidaka, una de las cadenas montañosas al sur de Hokkaido, para llegar a Obihiro.
Antes de salir, tuvimos una breve aventura en el subterráneo de la estación Shin-Sapporo, donde se entrelazan varios edificios y tiendas en una red de escaleras y pasillos. Una red demasiado complicada para nosotros, ya que a pesar de haber encontrado el konbini Lawson el día anterior, hoy nos tomó muchas vueltas llegar.


El día estaba precioso, no hacía frío y el cielo tenía nubosidad parcial. Salimos de Sapporo por la misma Ruta E5 hacia el sur, para luego enlazar con la Ruta E38, hacia el oriente. Hacia las montañas. Nos detuvimos brevemente en la Kiusu Parking Area (cafecito caliente), donde presenciamos a un ejército de cientos de pequeños chinches fitófagos por doquier.
Esta ruta express iba en altura, extendiéndose sobre campos de cultivo, y era bordeada por árboles que nos protegían un poco del viento. Las montañas, teñidas de naranjo, se acercaban a nosotros.
La siguiente detención fue en la Yuni Parking Area, con su jardín con un arreglo geométrico. Aquí también había muchísimos chinches, aunque también una magnífica polilla blanca de gran tamaño.


Para cubrir nuestra porción de comida de viaje, aprovechamos una tienda que tenía onigiri. Fue en el interior del local que, una vez más, y al igual que Gandalf en casa de Bilbo, me di un cabezazo con una viga. Hasta la vendedora se preocupó, preguntando si estaba bien.


Al cruzar el río Yūbari vimos a nuestra derecha la represa Kawabata, y a partir de aquí la ruta comenzó a ascender y adentrarse en las montañas. Para comenzar, un primer túnel, luego otro, y otro… Algunos de los túneles medían unos 6 km de longitud. Cada vez que salíamos de uno, aparecía un puente que lo conectaba al siguiente. Era en estos puentes donde veíamos mangas de viento, indicándonos si había que prepararse para un buen viento cruzado. También teníamos algunos segundos para bañarnos del paisaje montañoso cubierto de naranjo, completamente prístino en esas áreas.
Me llamó la atención ver tan pocos motociclistas. Casi 100 km recorridos en el día y sólo vi dos. Una preocupación comenzaba a crecer en el fondo de mis pensamientos. Sabía que las rutas express ETC (algo así como el TAG en Chile) eran caras, y que tal vez no había un descuento o tarifa diferenciada para las motos. “Tal vez habría sido mejor tomar la otra ruta, por fuera de la express…”, pensaba. Más tarde confirmaría que las motos y los autos se categorizan simplemente como “vehículos livianos” y pagan lo mismo en las autopistas de Japón. ¡Ouh!

Luego de 50 km, y ocho túneles de por medio, llegamos a la Shimukappu Parking Area. Pudimos sentarnos a descansar y conseguir otra estampa. Tenían algunas calabazas decorando el área, ya que Halloween se acercaba. Y habiendo un puesto con helados también, no dejaríamos pasar la oportunidad.


Quería salir de la autopista pronto y disfrutar un poco más del paisaje a un ritmo más lento. Cuatro túneles más adelante tomamos la salida de Tomamu, para cambiar a la Ruta 136 y luego la Ruta 1117 hacia el norte, desviándonos un poco en nuestro camino a Obihiro.
¡Este cambio fue lo mejor! Un camino mucho más solitario, donde los árboles se movían a 70 km/h al pasar. El río Ruomansorapuchi aparecía y desaparecía junto a la ruta y ansiaba poder detenerme en un lugar seguro. Ese lugar apareció de inmediato en forma de un pequeño puente sobre el río, donde tuvimos nuestros primeros (y únicos) 5 metros de off-road del viaje.

Fue en este preciso lugar, mientras tomaba la foto del río sin habernos bajado aún de la moto, que escucho “Ariel, mira hacia adelante…”. Lentamente volteo y, cuando apenas comenzaba a procesar lo que había parado al final del puente, vi un ciervo saltar repentinamente hacia la vegetación, perdiéndose de inmediato. ¡Seguido de otro! Nuestros primeros ciervos (Cervus nippon) en Japón, en una visión fugaz.
Unos kilómetros más adelante, después de avanzar hacia el norte, nuestro camino nos llevaría hacia el oriente por la Ruta Nacional 38. Era una preciosa ruta que atravezaba el paso Karikachi, zigzagueando por la ladera de las montañas y bordeada de bosques nativos. Constantes señaléticas advertían del camino congelado, pero afortunadamente aún no había nieve en los pronósticos. ¡La vista hacia el valle era increíble!
Nuestro plan era pasar por un lugar llamado MILK & CHEESE & SURPRISE! Ohki Farm. Lo pillamos por mera casualidad cuando, meses atrás, me entretenía tele-viajando en Google Maps buscando potenciales rutas y lugares para pajarear. Bastó ver las fotos de sus pizzas para agregarlo al “¿te imaginas pasar por ahí en moto algún día?”. Ese día sería hoy. ¡Pero se acercaba la hora de cierre y nos faltaban 40 km! Las ruedas aumentaron su velocidad.
Un camino sin nombre nos unió a la Ruta 718, luego la Ruta 593 y finalmente la Ruta Nacional 274. Salimos de las montañas y nos encontramos atravesando extensos campos de pastura para ganado. Me hizo sentir como estar recorriendo la región de Los Lagos, en Chile, aunque por latitud estábamos a la altura de Chaitén. A lo lejos escuché algo que me hizo detener el motor, mientras el sonido se acercaba. ¡Una enorme bandada de Whooper Swan (Cygnus cygnus)! Al menos 50 cisnes pasaron volando cerca de nosotros, mientras sus vocalizaciones recordaban un cumpleaños infantil (en serio).
¡Llegamos! Vimos el cartel desde el camino, el hambre nos acompañaba desde hacía rato y los onigiri fueron ya 4 horas atrás. Para nuestra desgracia, al entrar al estacionamiento y a media hora del cierre, vimos a una de las trabajadoras afuera, cruzando sus brazos en forma de ‘X’ y nos anunció “finished”. ¡Nooo, nuestro almuerzo!

El sol también nos había abandonado. Nos quedaban unos tristes 30 km hasta Obihiro con el estómago vacío, así que las distancias y tiempos se vieron distorsionados. Llegamos con la moral baja a nuestro hospedaje, la Kunaw House, que encontré en Airbnb mientras estábamos en Sapporo. Aquí nos recibió el anfitrión, Takahara-san, director además de la editorial Kunaw Publishing, la cual, entre otras cosas, edita la revista “northern style SLOW” y creó la plataforma de viaje “Slow Travel HOKKAIDO”.
Fuimos recibidos con mucha amabilidad, aunque necesitamos recurrir a nuestros celulares para traducir nuestra conversación. Nos preguntó sobre nuestro recorrido y el plan para los próximos días. Al mencionarle Wakkanai (la ciudad más al norte de todo Hokkaido) nos advirtió que era realmente lejos y del frío que nos esperaría. Nos regaló popcorn de microondas, gaseosas de guaraná, café en grano para dos tazas y galletas caseras. ¡Que gran recepción! Nuestra moral completamente restaurada.
Salimos a buscar nuestra merecida y necesaria comida. Encontramos un restaurant de curry indio llamado Sansara, donde el dueño, Honda-san, ¡hablaba español! Fue la primera persona que escuchamos hablarlo durante el viaje. Nos mostró su charango (de madera, por cierto) y nos habló de cuando visitó la patagonia hacía años. Le gustaba la música y también tocaba otros instrumentos andinos, así que tuvimos algo entretenido para conversar un rato. Nos dijo que no conocía el álbum “Alturas de Machu Picchu” de Los Jaivas, por lo que nos dio un papel para anotarle el nombre. Esperemos que le guste.

Nos alegramos de haber encontrado ese hospedaje, nos alegró el hecho de estar en ese lugar acogedor, refugiados. Especialmente porque se venía una buena lluvia al día siguiente.
Nos dispusimos a hacer las cabritas en el microondas antes de dormir.
Y Feru rompió la bolsa…
¡Nooo!
Luego las puse en un plato dentro del microondas y escuché que se quebró adentro…
¡¡Nooo!!
23-oct. [Obihiro]
Abrir la ventana multiplicó la felicidad de estar en este hospedaje. Afuera llovió durante la noche. Adoro la sensación de estar refugiado mientras llueve, aunque afuera alguien no podía contar la misma historia…

Feru amaneció algo resfriada. Los últimos dos viajes en moto habían sido bastante helados, particularmente cuando el sol dejaba de brillar.
Tomamos prestados paraguas del hospedaje y salimos a la calle mojada, a una excursión corta, pero importante: conseguir desayuno. En la entrada del hospedaje encontramos algunas plantas en el suelo debido al viento, así que las recogimos. A pesar de la corta distancia, encontramos un lindo lugar con un estanque. No tenía nombre, ni pude hallar nada en internet.


A pesar de lo simple y pequeño que era el espacio, tenía peces koi nadando y también varios Mallard (Anas platyrhynchos), el ‘pato de collar’ como lo conocemos en Chile, aunque en Japón son una especie nativa.

マガモ | magamo

マガモ | magamo
Luego de abastecernos de algunas cositas en el konbini 7-Eleven, a pasos del estanque, volvimos al hospedaje. Al fin pude probar algo que estaba tan rico como uno imagina al verlo, el meronpan (‘melon-pan’). Un pan dulce que, en un intento de homologarlo a algo de Chile, por dentro tiene suavidad de un pan de anís y la corteza tiene la textura de un muffin azucarado.

En la tarde la lluvia se desató y corría mucho viento. Era un buen lugar para resguardarnos y poder descansar, algo que nos hacía falta.
Salimos a una última vuelta a pesar de la lluvia. Las casas lucían austeras, muchas sin jardines, plantas o mayores decoraciones, y pensé que podía deberse a lo intensos que son los meses de invierno. Me hizo pensar en Magallanes, a pesar de que nunca he podido visitar la región.

Realizamos una breve visita al templo Hokumon, donde las hojas alfombraban el suelo mojado, intensificando la belleza del otoño. En este lugar hay un pequeño cuerpo de agua que es lo que queda del pantano Chomato, el cual tiene una historia Ainu asociada, y que cubría una mayor extensión antes de que dos tercios fueran rellenados el 2004 por obras viales. Existen distintos templos en el mismo terreno: Aiba, Fudō y Chiyomato.



Llovió durante todo el camino, Obihiro lucía gris. Me encantan los días así y me gustó poder vivir la lluvia durante el viaje, aunque por otro lado nos restringe el poder desplazarnos en moto. Y no es que no se pueda andar en moto, me ha tocado salir en condiciones peores, pero para qué exponerse (especialmente tan lejos de casa).

Para nuestra sorpresa, en el hospedaje nos dejaron un obsequio. “Gracias por recoger las plantas”. ¡Café y más galletitas!
24-oct. [Obihiro, Kamishihoro]
151 km
“Gale Alert” (‘alerta de vendaval’), fue lo primero que advirtió mi celular al encenderlo. En parelelo, Takahara-san mandó un mensaje diciendo “the wind seems to be strong tomorrow” (‘el viento estará fuerte mañana’). En otras palabras, la ruta de hoy sería emocionante.

Salimos a las 8:00 rumbo al norte, hacia Kamishihoro y el lago Nukabira, dentro del Parque Nacional Daisetsuzan.
Bastó salir de Obihiro y llegar a las extensas pasturas para sentir ráfagas de viento cruzado. El viento soplaba fuerte desde el oeste, desde las montañas, y empujaba la moto hacia la derecha de forma intermitente y variable. El sol brillaba en el cielo azul y despejado. Lo que pudo ser una relajante recta de unos 40 km se convirtió en un constante ejercicio de equilibrio. Sentía mi corazón ligeramente acelerado y latiendo con fuerza, mientras mantenía mi respiración lenta y pareja. ¡Una ruta llena de mindfulness, jajaja!
Llegar por la Ruta Nacional 273 a la base de la montaña y rodearnos de árboles nos dio un respiro. El viento quedó atrás y comenzamos a ascender. Pronto cruzamos el puente Sensui sobre el río Otofuke, contenido por la represa Motogoya, y junto al puente de la ruta estaban las ruinas de un antiguo puente ferroviario.

En la entrada del pueblo Nukabira, al lado del lago del mismo nombre, estaba el Higashitaisetsu Nature Center. Aquí tenían una fantástica exposición que nos dejó maravillados, además de hacer que la visita corta no fuera tan corta. Habían decenas de animales embalsamados, cráneos, insectos, peces, fósiles y más.



シカ | shika





Antes de irnos les dije a los de la recepción que era una excelente muestra y que nos gustó. Les alegró mucho oirlo, y dentro de la conversación nos comentaron que el shimaenaga podía verse en el bosque atrás del lugar. Todos los días le poníamos mucha atención a esta ave, sin lograr verla, pero ahora podríamos tener suerte.
Una caminata por el pueblo de Nukabira nos permitió ver una nueva ave en un canal, el Brown Dipper (Cinclus pallasii), que era muy tímido a nuestra presencia.

カワガラス | kawagarasu
Aunque esta pequeña ave quedó completamente opacada cuando doblamos una esquina y un grupo de ciervos apareció forrajeando. ¡Ciervos otra vez! ¡¡Y con dos crías!! Esta vez no escaparon al instante, simplemente siguieron comiendo, transmitiendo una sensación de relativa tolerancia a nuestra presencia. Verlos me trajo mucha alegría. Y a diferencia de los famosos ciervos de Osaka, a los que se puede alimentar como parte de la atracción turística, me sentí feliz de poder sentarme bajo un árbol y verlos hacer cosas de ciervos.

シカ | shika

シカ | shika
Siguiendo el consejo que nos dieron en el centro de naturaleza, nos dirigimos al bosque atrás del edificio en busca del shimaenaga. Cruzamos un curso de agua y luego el puente del río Nukabira, construido en 1955.


Caminábamos en ese estado de completa atención al entorno. Binoculares, cámara en mano y también el micrófono. Estábamos atentos a cualquier indicio de aves alrededor. Mientras cruzábamos el puente escuchamos una tenue vocalización y algo pequeñito voló sobre nosotros. Nos costó volver a encontrarlo, pero después de unos 10 minutos logramos avistar un pequeño grupo de shimaenaga. ¡Al fin pudimos ver a la pequeña estrella de Hokkaido frente a nosotros!

¡La adorable celebridad de Hokkaido! La subespecie del norte (caudatus) tiene la cabeza completamente blanca, a diferencia de la del resto de Japón.
シマエナガ | Shimaenaga
Salimos de Nukabira por la Ruta 85, hacia el paso Horoka. Otra ruta de curvas cerradas subiendo y bajando una montaña, desde donde podía verse el lago Nukabira del que veníamos.

La ruta era hermosa y no pasaban otros vehículos. Descendimos hacia el lago Shikaribetsu, donde el camino se volvía angosto y el agua escurría sobre el pavimento desde las laderas. Ver toda esa agua brotando del suelo del bosque lo hacía parecer una esponja. Esto era recordatorio de la capacidad de los bosques de retener agua y lo que se pierde con la deforestación y erosión de suelos.



Regresamos apresuradamente, ya que hoy sí o sí llegaríamos a lograr comer en Ohki Farm. ¡Y lo logramos!
A estas alturas del viaje, ya había aprendido mi frase más larga en japonés, así que ya no necesitaba que Feru preguntara: “Shashin o totte mo īdesu ka?” (‘¿Puedo tomar fotos?’).


Una vez más llegamos de noche al hospedaje. Nos tocaba ordenar nuestras pequeñas maletas una vez más, ya que sería nuestra última noche en Obihiro. Al día siguiente tendríamos nuestro último avance en Hokkaido, hacia Teshikaga, ya que se pronosticaba que el fin de semana iba a bajar notablemente la temperatura. Y ya habíamos pasado bastante frío.
25-oct. [Obihiro – Teshikaga]
185 km
Hoy nos pondríamos al día con una visita pendiente, el templo Obihiro. Feru lo pilló de pura casualidad en una guía que le dieron, y ver la celebridad del templo bastó para querer visitarlo: el shimaenaga. Preparamos todas nuestras cosas, dejamos el hospedaje lo más ordenado posible y salimos.
El templo nos tenía una sorpresa. Mientras entrábamos, un movimiento en una rama llamó mi atención, ya que se notó muy pesado para que fuera un ave. Ese fue nuestro primer encuentro con una ardilla roja. Nos impresionó mucho lo ágiles que eran, saltando de un árbol a otro sin esfuerzo.

エゾリス | ezorisu

エゾリス | ezorisu
Además de las ardillas, habían varios pajaritos alimentándose en las alturas, aunque todos resultaban difíciles de ver entre el follaje. Entre estos pájaros andaba un pequeño grupo de shimaenaga, alegrando el ambiente del templo que lo tiene como símbolo.

シジュウカラ | shijūkara



El día estaba radiante. Volvimos a la moto, llenamos el estanque antes de salir de Obihiro y continuamos hacia el oriente por la Ruta Nacional 38. Llegamos hasta el río Tokachi, donde pudimos ver desde lejos el puente Toyokoro debido a su gran arco que lo suspende. Luego de 50 km desde Obihiro, llegamos a la Michi-no-Eki Urahoro, donde pudimos descansar un poco, tomar un cafecito para el frío… y un sofutokurīmu por gusto.



Continuamos por la misma ruta hacia el este, el día estaba muy agradable y fresco, el sol brillaba en el cielo. Y si podía volverse mejor, al cruzar el pueblo de Onbetsu apareció el mar a nuestra derecha. Nuestro recorrido se convirtió en una bella y ventosa ruta costera de unos 30 km, con gaviotas volando sobre nosotros.
Cruzamos siete ríos en esa corta distancia: Onbetsu, Pashukuru, Watenbetsu, Charo, Shirarikappu, Shoro, Koitoi; todos desembocando directamente en el mar junto a la ruta. Las desembocaduras de cada uno de ellos se veía muy tentadora detenerse a pajarear, pero había que apurarse. Llegamos a la Michi-no-Eki Shiranuka Koitoi, que estaba al lado de la playa, por lo que disfrutamos de la vista unos minutos y de algunas aves playeras.


Estando al lado del mar, esta Michi-no-Eki tenía un gran surtido de productos marinos, pero poco que pudieramos comer, así que sería otro día largo y sin almuerzo.

Lo que más quería ver este día, y que era el motivo principal de desplazarnos hacia el este de Hokkaido, era el área del Parque Nacional Kushiro Shitsugen. Éste corresponde al humedal más grande de todo Japón, con una superficie de 268.61 km² (¡casi 1/3 de la superficie de Santiago!). Me estaba comenzando a resignar de alcanzar a verlo hoy y me entristecía ver cómo cada ruta que hacíamos nos tomaba más tiempo del estimado. Una vez más, teníamos tan poco tiempo.
Casi al llegar a Kushiro, tomamos la Ruta 53 hacia el norte, en lo que serían los últimos 70 km del día. Pasamos junto a los miradores y accesos al humedal, aunque no podíamos detenernos, ya que una vez más el sol ya casi tocaba el horizonte y el frío se acercaba veloz y en silencio. Cruzamos por afuera de Tsurumidai, uno de los puntos destacados para observar las preciosas grullas, tanchō, o ‘Red-crowned Crane’ (Grus japonensis). No vimos ninguna en la penumbra. “Nos queda pasar mañana temprano”, pensé con algo de pena. Aunque sólo tuvimos que avanzar 1 km más para ver siluetas blancas sobre los cultivos. Mi primera asociación fue que eran como los piuquenes (Oressochen melanopterus) de Batuco, pero luego de unos segundos vimos que se trataban de pequeños grupos de grullas. ¡Eran los tanchō!

タンチョウ | tanchō
Había un grupo a cada lado de la ruta, incluso con juveniles junto a los padres, forrajeando y batiendo sus alas. Fue un momento muy emocionante para mí. Viajamos muchos kilómetros y pasamos mucho frío, pero ahí estábamos, frente a las grullas que por largo rato pensé que ya no alcanzaría a ver. Tomé unas pocas fotos, el sol se había escondido ya, y mientras encendía la moto para continuar dije “ahora sólo queda disfrutar el momento”. Disfrutar de andar en moto en el crepúsculo, en una ruta rodeada de estas preciosas y tremendas aves.
El resto del viaje hasta Teshikaga fue frío, muy frío. Una vez más lamenté que Feru estuviera sufriendo por el viento helado, considerando que su equipo de moto no es tan adecuado como el mío. Avanzamos en la oscuridad, otra vez. Todavía nos faltaban 40 km para llegar al hospedaje que encontré, el más cercano a Tsurumidai que no tuviera un precio descabellado.
Durante la ruta mis pensamientos se movían entre el viento, el frío y el querer llegar pronto para acabar con eso, mientras que en la ruta veía señales que advertían la presencia de fauna, moderar la velocidad y que si llega a cruzar un ciervo casi siempre vendrá otro a su siga. Como si no fuera poco, a ratos veíamos ciervos parados en la vegetación junto al pavimento. Mi mente corría la simulación de un ciervo cruzándose repentinamente frente a la moto: ¿alcanzaré a frenar? ¿a qué velocidad voy? ¿sobrevivirá el ciervo? Considerar todas esas preguntas me hacía bajar nuestra no-tan-alta velocidad e ir absolutamente atento a la oscuridad más allá del haz de luz del foco delantero.
Seguía pensando que si teníamos buena/mala suerte podríamos llegar a encontrar un oso también, así que había que moverse con cuidado hasta llegar a Teshikaga.
Llegamos al hospedaje al fin, el Teshikaga Hostel Misato, que era una gran casa de huéspedes en la que teníamos una habitación con camarote. Salimos a comprar algo al konbini SeicoMart que estaba cerca, aprovechando de usar nuestras linternas en el camino para buscar algo de fauna, pero sin éxito.
Este sería nuestro punto más lejano del viaje. Nuestro plan era poder llegar hasta la montañosa península del Parque Nacional Shiretoko, un poco más hacia el oriente, pero durante los días anteriores había estado evaluando los pronósticos meteorológicos (muy frío), el tiempo que nos quedaba de viaje (nunca suficiente) y la ruta ligeramente trazada al regresar a Honshu (oh, soñadores). Todos estos factores me hicieron dejar fuera Shiretoko, y con esto decir adiós a la esperanza de ver osos alimentándose y también conocer al fantástico shimafukurō, Blakiston’s Fish-Owl (Ketupa blakistoni), el búho más grande del mundo.
Nos acostamos cansados, con una una ligera sensación de tristeza por lo de Shiretoko, y también por el hecho de saber que ahora tocaba dar la vuelta y sentir que “ahora comienza la mitad final del viaje”.
¡Pero ahora estamos obligados a volver y llegar más lejos!
つづく



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