Esta es la tercera parte de la aventura en Japón 「2ª temporada」
Prefacio
Dejamos Nikko atrás, avanzando rumbo al oeste por la Ruta Nacional 120 y acercándonos hacia el borde de las regiones de Kanto y Chubu. Luego de una extenuante jornada de andar en moto, llegamos a la “Nick House”, a las afueras de Kusatsu.
En esta tercera parte de la aventura nos adentraremos a la región de Chubu, donde nuestras ganas de ver la costa norte nos llevaron a la ciudad de Itoigawa, eligiendo el lugar sin motivo más allá de que era el primer nombre junto al mar en nuestra ruta hacia Shirakawa.
Lo que no podíamos anticipar era que nuestro “sólo nos quedaremos una noche” se convertiría en “nuestros días en Itoigawa”. Además, y esto es algo que tampoco sabía aún, Itoigawa era un lugar al que quería venir desde hace años.
Llegarían malas noticias desde Chile, oscureciendo nuestros días. También llegó la lluvia, cayendo con fuerza.

7-nov. [Kusatsu – Itoigawa]
173,9 km
¡Que bien se duerme luego de una larga jornada de andar en moto!
Poner la alarma no sirvió, pues me desperté antes de que sonara. Aproveché esto para ver el amanecer y salir a pajarear, deslumbrado por el paisaje que la noche decidió esconder para un mayor impacto.


Pude ver una nueva especie de pajarito, el Meadow Bunting (Emberiza cioides), que vocalizaba sutilmente desde los árboles. Y mientras recorría las cercanías, escuché un fuerte gruñido a mis espaldas, rompiendo el silencio con agresión. «No puede ser…», pensé. A medida que daba la vuelta, ya había armado una quimera de monstruosidades a la cual atribuir el gruñido.
La quimera era negra y tenía patas de perro, cola de perro y cabeza de perro. Mmm… Algo no está funcionando con mi monstruo.
“¡GGGRRRAAHH!” Esta vez el perro, que era la antítesis de todos los mini-perritos japoneses, gruñía y ladraba mientras se acercaba. Atrás de él, una japonesa hacía su mejor esfuerzo de convencer al perro de que no valía la pena comerse a un gaijin. (¿¡O era al revés!?).



Nick, el dueño del hospedaje, nos ofreció un desayuno por 500円 cada uno y aceptamos de inmediato. Había cafecito, leche, huevos con tocino (¡novedad para mí!), ensalada y mandarinas.
Nos pidió disculpas por no tener pan. “There’s always a problem here“, nos indicó, mientras desde la cocina el olor a pan quemado nos daba pistas del problema. Y cuando dijo que no nos cobraría debido a la falta de pan, tuve que insistir.
Luego de irnos, mi lento cerebro haría sentido de un par de máquinas en la casa y se daría cuenta que Nick, además de hacer buenos desayunos y ser un excelente anfitrión, ¡era levantador de pesas!
A las 10:30 partimos hacia Itoigawa, aunque antes pasaríamos a la Michi-no-Eki Kusatsu, a un par de minutos de la Nick House.

En este lugar tuve la suerte de toparme con que tenían una live cam que transmitía por YouTube. Pude enviarle el link a mis hermanos y un par de amigos en Santiago, donde eran las 23:00, y los saludamos desde el otro lado del mundo. Un pequeño momento de cercanía digital.
Más tarde uno de ellos me mandaría esta captura cuando ya habíamos partido rumbo a Itoigawa.

Nos dirigimos al oeste, otra vez subiendo las montañas vestidas de otoño. Fue una sorpresa encontrarnos con grandes extensiones cultivadas en planicies de altura, rodeadas de cortinas boscosas que marcaban un claro borde entre ambientes. Estos campos agrícolas formaban un patchwork de dos colores, entre tierras aradas oscuras y el verde de los vegetales.
Un cartel anunciaba la “Tsumagoi Panorama Line”. Nadie más transitaba por el lugar.

Llenamos el estanque en la bencinera JA Tsumagoi, en medio de amplios campos agrícolas, la cual, al menos ese día, era atendida por mujeres bombero. Luego de eso, cometí… un error. El Gran Error del viaje, puedo decir ahora que no ocurrió nada más. Ningún otro vehículo iba o venía.
A pesar de que no había ocurrido en todo el recorrido, ni tampoco durante los 1.400 km del año pasado, mi cerebro borró por completo algo importante: en Japón se maneja por la izquierda. Y no lo noté hasta que más adelante apareció un camión. Demasiado cerca y demasiadas toneladas para alguien en moto que iba en la misma pista.
“Qué hace en mi pista? ¿¡Qué hago en su pista!?”.
Un cambio rápido nos salvó de terminar en un isekai, probablemente. En retrospectiva, creo que tener la ruta vacía y sin referencia de otros autos influyó en que esto pasara.
Ese error y sus potenciales consecuencias me atormentaron durante varias horas el resto del día.

Pasamos a la Ruta Nacional 144 y, cuando cruzamos el Paso Torii, dejamos atrás la prefectura de Gunma y la región de Kanto, para entrar a la prefectura de Nagano y la región de Chubu.
Salimos del sector de bosque y pasamos a través del área urbana de Nagano, apretujada en el estrecho valle entre las montañas, como es la forma típica de muchos pueblos y ciudades en Japón.
Un 7-Eleven nos permitió recargar energía en forma de karepan caliente y algo de tomar. Además, tuvimos un reencuentro con los parches de calor para que Feru pudiera hacerle frente al frío durante el resto del camino, a medida que nos acercábamos a la costa norte. ¡Oh, los recuerdos! No dejábamos de pensar en ese frío día, del año pasado, cuando salimos desde Obihiro hacia Sapporo por las montañas, cargados con estos parches de calor.
¡Que gran diferencia puede hacer la chaqueta adecuada sobre una moto!

Después de la ciudad, volvimos a cruzar las montañas por la Ruta Nacional 19, que se extiende junto al río Sai durante un tramo.

Fue un trayecto largo, ya que desde Kusatsu fueron unos 100 km hasta llegar a la Michi-no-Eki Nakajo, lo que fue toda una sorpresa, porque apareció antes de aquella a la que nos dirigíamos.
Aquí, al fin pudimos detenernos a descansar y estirar las piernas. Lo más destacable del lugar fue la numerosa congregación de cuervos, donde decenas llegaban volando a posarse en los árboles. ¿Será un dormidero?


Todavía nos faltaban 73 km hasta la costa, ya eran las 15:00, y según Maps nos tardaríamos cerca de una hora y media en llegar.
Si una michi-no-eki inesperada fue una sorpresa, avanzar apenas 15 minutos y encontrar otra que no salía en el mapa fue absurdo. Pasamos de manera express a la Michi-no-Eki Ogawa a buscar la estampa del lugar, aunque también nos topamos con un par de cosas interesantes aquí.
En el estacionamiento había una belleza antigua de dos ruedas, de hace 70 años, y junto a ella estaba sentado un hombre japonés, quien posiblemente compartía la edad de su moto. Lo otro fue gachapon retro de Kinnikuman.



Al rato llegamos a la Michi-no-Eki Poka-Poka Land Miasa, la que fue nuestro objetivo inicialmente. Nos apresuramos a ver los artículos locales para dirigirnos a buscar qué comer antes de seguir con otro tramo largo, pero nos indicaron que la cocina abría más tarde. ¡Rayos! A seguir con el estómago vacío.

En nuestro avance hacia el norte, siguiendo la Ruta Nacional 148, pudimos bordear el lado oriental de las fantásticas montañas Hida, las que forman parte del grupo llamado los “Alpes de Japón”.
Estos “Alpes”, particularmente los del norte, de los que estamos hablando aquí, corresponden a una cadena montañosa con cumbres cercanas a los 3.000 m de altura. Estas montañas, además, conforman el Parque Nacional Chūbu-Sangaku.

Cuando las vi de lejos, unos kilómetros antes, trajeron inmediatamente a mi mente esa imagen tan grabada que probablemente todo chileno en su interior: la cordillera de los Andes. Y cuando el sol tiñó de naranjo las montañas y sus cumbres coronadas de nieve, la evocación multiplicó su intensidad.
Cruzamos las localidades de Hakuba y Otari, que lucían su estilo de pueblo estrechamente ligado a la cultura de nieve y los deportes de invierno. Nuestro camino ahora se extendía junto al río Himekawa, el cual serpenteaba en el crepúsculo, acompañándonos con sus aguas en dirección al norte, mientras nos cambiábamos de orilla entre puentes y túneles.
Para cuando llegamos a la Michi-no-Eki Otari, afortunadamente todavía quedaba algo de luz para admirar unas geniales esculturas de dinosaurios, realizadas por Nakajima Daido. ¡Además de que por fin pudimos sentarnos a comer!



Con energía renovada y con calor suficiente para nuestro último tramo, me adelanté a Feru y volví a la moto a ordenar algunas cosas. El sol ya se había marchado y estaba completamente oscuro. Antes de subir a la moto, un hombre se acercó caminando por el estacionamiento.
—Samuidesu ne? Baiku —preguntó mientras miraba la moto.
—Hai! hontoni samui!
Cuando me preguntó de dónde veníamos y escuchó la palabra “Chiri“, vi una expresión de reconocimiento.
—Ah! Santiago!
Continuó mencionando que conocía Argentina y Chile, por lo que asintió XXX cuando le comenté cómo las montañas Hida me recordaban mucho a los Andes.
—Enjoy Japan. Have a safe travel. And go home.
Su última frase, al aislarla, sacarla del contexto y dejando de lado todo el lenguaje paraverbal (como es el caso de cualquier lector aquí), me dio risa. Aunque el hombre continuó con buenos deseos, advertencias de seguridad y una amable despedida.
Muy bien, hora de continuar. ¡Nos queda muy poco! Pero antes de encender el motor, el hombre regresó desde su auto y extendió su mano con una bolsa de galletas como regalo. ¡Que encantador gesto! Se añade a la lista de momentos geniales que atribuyo a estar viajando en moto, o que, por lo menos, veo como más improbables si anduviéramos en un auto.

Cubrimos los últimos 28 km y llegamos a Itoigawa, una pequeña ciudad en la costa noroeste de Honshu. El hospedaje que encontré se llamaba Live Café & Hotel Hisui no Umi, donde la dueña, Keiko-san, una mujer de unos 70 años, nos indicó dónde estacionar la moto y nos dio la bienvenida. Se mostró sorprendida al ver que éramos dos personas viajando en la misma moto.

A pesar de que habíamos reservado una pequeña habitación, nos permitió quedarnos en una más grande que se encontraba apartada de las otras con más gente. La habitación, o más bien una pequeña casa, era espaciosa, sencilla, con futones y completamente de madera al estilo tradicional. Me gustó muchísimo. Aunque sólo nos quedaríamos una noche antes de continuar hacia Shirakawa.

Sin embargo, algo no andaba bien. Todavía no había buscado el hospedaje en Shirakawa, siguiendo el estilo de viaje de ir armando sobre la marcha, y sinceramente no esperaba que la villa fuera un epicentro turístico, no de tal magnitud al menos. Esto se tradujo en uno de los síntomas más evidentes: todos los hospedajes estaban llenos. Y el puñado que no lo estaba, constaban una fortuna. Una fortuna que no incluía desayuno ni comida alguna.
Me desvelé buscando opciones y combinaciones, hasta quedarme dormido al fin, con una angustia creciente.
8-nov. [Itoigawa]
Como es usual, desperté antes de que sonara la alarma. Al parecer no importa lo cansado o tarde que me acueste, al reloj interno le da igual.
En la TV pasaban un especial sobre los ataques de osos en Japón, algo que pudimos ver con frecuencia desde Chile también. Así que aprovecharé esta sección para armar un doble especial entre el programa y algo de mis libros.
Los osos de Japón
En Japón existen dos especies de oso: el oso pardo (Ursus arctos), habitando únicamente la isla de Hokkaido; y el oso de collar (Ursus thibetanus), cuya distribución se limita a la isla de Honshu, luego de que las poblaciones de las islas Shikoku y Kyushu fueran exterminadas.
Ambas especies omnívoras, aunque la mayor parte de su dieta es hervíbora.

El conflicto entre humanos y los grandes carnívoros es uno que nos ha acompañado como civilización desde mucho antes de ser civilizados, siendo el de los osos una de las variantes locales de la región. Al menos estas dos especies siguen en la mesa de juego, porque ōkami, el lobo japonés, dejó la partida con su extinción en 1905.
El problema actual con los osos en el país tiene distintos factores que facultan su ocurrencia. Por mencionar algunos de ellos: pérdida de hábitat (osos en un espacio cada vez más pequeño), la escasez de alimento (osos que deben desplazarse más en busca de comida), el decrecimiento de la población humana en zonas rurales (osos que se aventuran más cerca de las personas). Incluso se han reportado osos que no han logrado entrar en hibernación.

¿Debemos exterminar o coexistir para salvar vidas?’
Tomando datos del 2017, ese año se registraron 108 ataques de oso, en los que murieron 2 personas, mientras que ese mismo año se dio muerte a 3.779 osos (Brazil 2022). Para dar un punto de perspectiva a los números, cada año en Japón mueren 20-30 personas por picaduras de avispas.
Lamentablemente, los medios de comunicación se encargan de generar una cámara de eco y amplificar el problema, impactando día a día la percepción de las personas hacia los osos, convirtiéndolos en un demonio. Todo esto resulta en que los osos, que ya resultan atractivos para los cazadores, sean objeto de persecución y que sus decrecientes poblaciones deban “ser controladas”.
Y así, el oso pardo, quien fuera reverenciado por la cultura Ainu como Kimun Kamuy, la deidad de las montañas, así como el oso de collar son hoy fáciles de encontrar disecados en alguna pose provocadora (o ridícula) en alguna tienda de recuerdos.

Mis temores sobre Shirakawa comenzaban a cristalizarse, así que teníamos que decidir algo, antes de la inminente lluvia de mañana y pasado mañana. ¿Dónde nos refugiamos durante los próximos dos días?
«Pucha, si no podemos ir hoy —pensé, con incertidumbre ante la improvisación—… Mejor estiremos la estadía en Itoigawa y vemos qué hacer»
El mensaje de la dueña ante la consulta fue un sencillo “yes I see please!! OK.“
Salí temprano a explorar y conseguir nuestro desayuno. Pude ver el Mar de Japón otra vez, el que vi por primera y última vez en Otaru, Hokkaido, y caminé por la costanera un rato. Aquí fue donde apareció otro pajarito nuevo, el bellísimo Blue Rock-Thrush.

イソヒヨドリ | isohiyodori
Llegué al parque Ekimae Kaibo, donde conocí a la princesa Nunagawa. Su estatua miraba hacia el mar y, junto a ella, estaba escrita su leyenda:
Hace mucho, Itoigawa era gobernado por la princesa Nunakawa, de quien se decía era tan sabia como hermosa. En aquellos días, la región de Itoigawa se llamaba “Nunakawa” y era famosa por producir hermosas cuentas de jade.
El texto histórico más antiguo de Japón, el Kojiki (ca. 710), registra la leyenda de Yachihoko-no-Kami y su viaje desde la lejana provincia de Izumo para pedirle a la princesa Nunakawa que se casara con él. Los dos dioses tuvieron un hijo, Takeminakata-no-Kami (mejor conocido como Okuninushi-no-Mikoto), quien es venerado como la deidad del gran santuario Suwa, el principal santuario de la prefectura de Nagano. Es por esto que muchos santuarios Suwa pueden encontrarse alrededor de Itoigawa.
El 2019, las ciudades de Izumo, Suwa e Itoigawa formaron una nueva red para promover y compartir esta antigua historia.

Luego de leer sobre Nunagawa, sobre el jade y sobre la localidad… Pasaron unos instantes. «¡Oh!», pensé sorprendido, «¡Es acá! ¡¡El Geoparque de jade!!».
¿Qué es un Geoparque?
Un Geoparque es un área geográfica individual y unificada donde sitios y paisajes de importancia geológica son administrados con un concepto holístico de protección, educación y desarrollo sostenible.
Hace años, en algún momento de Los Años de la Plaga (COVID), en uno de mis paseos satelitales con Google Earth me topé con un Geoparque que llamó mi atención. Era una playa pedregosa donde, si tenías buen ojo, paciencia y suerte, podrías encontrar piedras de jade junto al mar.
Vi algunas fotos, pinché un par de lugares alrededor para “recorrer” virtualmente y recuerdo haber pensado con entusiasmo: «¡Sería genial poder pasar por ahí!». Pero luego quedó en la caja de los recuerdos perdidos.
…¡Hasta ahora! Ya que, por increíble que parezca, habíamos llegado a ese mismo lugar de casualidad y sin haberlo buscado. De hecho, nuestro paso por Itoigawa iba a ser sólo una noche y el haber terminado aquí fue la combinación de “queda al paso hacia Shirakawa” y “quiero ver la costa norte de Honshu”.

Tokyo > Abiko > Nikko > Kusatsu > Itoigawa
Aún no eran las 8:00 AM y las calles estaban desiertas y silenciosas. Un termómetro indicaba 11ºC cerca de la estación Itoigawa.

Dejando de lado la hora, Itoigawa es una ciudad cuya población, de unas 38.000 personas, ha ido disminuyendo de manera continua. Una tendencia recurrente en muchas zonas urbanas lejos de las grandes ciudades. Nikko, donde estuvimos la semana anterior, si bien tiene el doble de población que Itoigawa, también ha ido decreciendo.

El 7-Eleven de la estación Itoigawa nos brindó una vez más con un rico desayuno y a las 10:00 salimos al gran panorama del día: caminar.

Disfrutamos estar junto al mar mientras avanzábamos hacia el oeste. Intentamos alcanzar la desembocadura del río Himekawa, pero estaba un poco a trasmano como para llegar caminando, así que dimos media vuelta y ahora apuntábamos hacia la playa de jade y la desembocadura del río Umi.

A lo largo de nuestra caminata fuimos poniendo atención a ese contraste entre las casas más modernas y las más viejas, donde el paso del tiempo y los golpes del invierno han hecho de las suyas. Algunas evidenciaban marcas menos afortunadas, como quemaduras de incendios…
Los incendios. Una de las catástrofes más recurrentes en Japón y que ha logrado dejar su marca chamuscada en varias páginas de su historia. E Itoigawa no es la excepción, con un registro de 13 grandes incendios en los últimos 250 años.
En diciembre del 2016 ocurrió un gran incendio en pleno centro de Itoigawa, el cual se originó en un local de ramen y se expandió rápidamente, avivado por los fuertes vientos desde el sur. Al lugar llegaron 300 bomberos desde las localidades vecinas para combatirlo. Luego de 30 horas, lograron extinguir el incendio, el que quemó 140 edificios y, afortunadamente, no dejó víctimas fatales.



“Records of the Itoigawa Station North Great Fire”
Itoigawa City (2025): https://www.city.itoigawa.lg.jp/page/2125.html

‘Recuerdo del Gran Incendio para la próxima generación’



ウミネコ | umineko
Caminamos junto a una costa con un perímetro de grandes rompeolas de hormigón hasta llegar a la playa de jade. Y después de una caminata casi sin toparnos con gente, vimos que este era el lugar donde se concentraba la multitud… De unas diez personas. ¡Fantástico!
Quien haya visto gallinas caminando atentas al suelo, removiendo la hojarasca con sus patas de vez en cuando y recogiendo algo una que otra vez, puede imaginar sin dificultad el panorama en la playa. Y antes de que le comentara esta similitud a Feru, ¡vi que se había convertido también en una gallina!
Me senté sobre una piedra a mirar el mar y disfrutar de lo tranquilo que era todo. El sonido de las olas, el rocío que producía el rompeolas, los movimientos lentos de las personas que buscaban piedritas. Habían algunos padres junto a niños pequeños, quienes entusiasmados llevaban su balde en la mano, una pareja de ancianos que también se sumaban a la actividad y tres chicas adolescentes que reían y a ratos escapaban de la marea, que subía con el avance de la tarde.
Una de las chicas era cosa seria. Vestía con ropa de alguien con experiencia en estar sentado o de rodillas en el sueño buscando minerales. Llevaba a una cajita plástica con divisiones, una pala pequeña y un desplegable con fotografías de una gran variedad de piedras.
Recordé los años en los que quería estudiar geología y tenía mi repisa con minerales de distintas naturalezas, tamaños y colores. Pero finalmente la PSU me dijo que tal vez mi fuerte no eran las matemáticas. Claramente reprobar ‘Matemáticas 1’ dos veces en mi primer año de universidad ya era rematarme en el piso.
Pero basta de la retrospectiva y proyectarme en la chica más pro de la playa. ¿Dónde está Feru? ¡Ah! ¡Feru pasó de ser una gallina a ser una empleada de FedEx luego de meses en una isla! Oh, esperen, sólo consiguió un palo que sirve en la búsqueda de piedras. A estas alturas, si ella era Chuck Noland, yo era el Gollum de las piedras.

Buscar piedras y concentrarse sólo en eso fue prácticamente un ejercicio de meditación muy bueno y lo disfruté mucho.

‘Pensemos en los sentimientos de los peces’
‘Mientras más basura hay, más cuesta recogerla’
‘Además, incinerar la basura libera gases que destruyen el medio ambiente’
‘No sea flojo respecto a la separación de basura de forma correcta’
Vimos algunas aves en la desembocadura del río Umi y caminamos de vuelta al hospedaje, en la penumbra que daba paso a la noche. Un cuervo lanzaba nueces al medio de la calle, esperando que un auto las partiera. ¡Que brillantes son estas aves!

ハシボソガラス | hashibosogarasu
En el trayecto, noté a Feru algo decaída. Al preguntarle al respecto, me dijo que la desanimaba un poco quedarse en un lugar tan vacío y aburrido por varios días. (Sí, ya habíamos abandonado la idea de poder ir a la villa Shirakawa, ¡otra vez!).
—¿No te divertiste buscando piedras? —pregunté. Aunque en el fondo, sabía que no podríamos buscar piedras tres días seguidos.

Encontré un lugar para comer que se veía muy prometedor cerca de la estación Itoigawa, pero al llegar estaba reservado para un evento. Y esa vuelta en vano fue la que nos permitió descubrir los pasos abajo de las vías del tren. Cientos de telas de arañas que hasta a mí me dieron escalofríos. Además, el golpe en la cabeza de Kusatsu seguía reciente (e hinchado), por lo que pasé con cuidado.

Y lo mejor de todo: ¡vimos murciélagos! Pudimos disfrutar varios minutos de uno que iba y venía a ras del agua del canal, logrando grabarlo con mi micrófono ultrasónico.
Así llegamos a Aoi Shokudo, donde la comida lucía muy bien y sabía aún mejor. Pudimos comer unas ricas gyozas para terminar este largo día de buena manera.

*bzzzt* ¿? *bzzzt*
Oh, una llamada.
No puede ser…
…El Gran Mal.
“El Gran Mal”: concepto que, para fines de no enturbiar el relato con detalles innecesarios, resume el drama familiar de todo el 2025. El cual, si bien no es un conflicto bélico a gran escala, demuestra que basta tener un pariente perverso para que la vida pueda volverse un infierno.
El Morgoth Bauglir en nuestra historia que precede este viaje.
¿Se puede terminar en el SAPU por estrés? Ahora puedo decir que sí.
Lo que me temía antes de viajar estaba sucediendo y los rompeolas de Itoigawa no significaron nada para las marejadas de estrés que nos golpearon.
¿Por qué otra vez? ¿Por qué ahora? ¿Por qué aún estando tan lejos?
Lo último que anoté en mi libreta este día fue: “Se acerca la lluvia. Esta será una larga noche”.
9-nov. [Itoigawa, Joetsu]
El celular sonó a lo largo de toda la noche. Mensajes, llamadas… «¿Por qué ahora? ¿Por qué otra vez?». El estar al otro lado del planeta, en el huso horario opuesto con sus 12 horas de diferencia definitivamente haría de esto un tormento.
No sé cómo, pero desperté sin sueño, aunque agotado mentalmente. Mientras tanto, afuera llovía y corría viendo, aunque en la TV anunciaban que el fuerte de la tormenta sería en la tarde. Aprovechamos de descansar y levantar el espíritu luego de las malas noticias.
El plan del día, para luchar contra la serie de eventos que suelen suceder en ese episodio de la serie cuando comienza lloviendo y todo luce terrible, era viajar en tren hacia Joetsu y visitar el Joetsu Aquarium Umigatari. Este sería nuestro segundo acuario en Japón luego del Acuario Sumida el año pasado.



Junto a la estación Itoigawa había un edificio, el “Salón del Reino de Jade”, que era el centro de turismo y de productos locales, donde habían cosas muy llamativas, además de una exhibición de productos de jade muy lindos e incluso un taller de orfebrería activo.

Aquí aprendí que existe apenas una decena de sitios a nivel mundial de donde se extrae el jade. También que el jade es la piedra nacional de Japón. Y el dato más sorprendente es que la cultura más antigua asociada a la jadeíta en el mundo se centraba en Itoigawa, durante el periodo Jomon, hace 7.000 años atrás. Itoigawa es el lugar del que se origina el jade usado en todo Japón.

La hora del tren se acercaba y nos apresuramos hacia la estación, pero el tren de las 12:12 ya estaba en el andén cuando llegamos… Y lo perdimos. ¡Rayos! El siguiente era a las 13:15. Aunque todo este infortunio nos llevó a pasar el tiempo en un pequeño y adorable café junto a la estación: Cafe Nizi Usagi.

El exterior del café anticipaba cómo se vería también el interior, aunque una vez que cruzamos la entrada me llevé una vez más la sorpresa de la habilidad de utilizar los escasos metros cuadrados de un espacio para tener de todo. ¿”De todo”? No. Tener lo suficiente.
Este pequeño café era atendido únicamente por una chica joven, disponía de seis mesitas para dos personas, cabiendo sólo dos de ellas al interior del local y luciendo su devoción por la banda Snow Man.

—¡Ya, este tren no lo podemos perder! —dije, decidido a no ganar el título de perdedor (de trenes).

De esta forma, tuvimos una nueva versión de “viaje en tren junto al mar mientras llueve”, reviviendo los recuerdos del viaje entre Sapporo y Otaru, en Hokkaido.
Llegamos a la estación Naoetsu y la lluvia continuaba. Afuera de la estación una estatua llamó mi atención de inmediato, ya que varias gaviotas formaban parte de ella.




‘Con agua limpia – una ciudad cómoda para vivir’.
Caminamos bajo la lluvia unos minutos hasta llegar al Joetsu Aquarium Umigatari, donde el hambre nos arrastró inmediatamente al Restorante Los Cuentos del Mar (curioso toparse con algo en español). Y de lo curioso pasamos al choque cultural cuando, luego de pedir fideos con pesto y revisar el resto del menú, encontramos “panini de tiburón frito”. Junto a un acuario.
Al entrar al acuario se sube al piso 3 para comenzar el recorrido mientras desciendes. (¿El IKEA del mar?). A diferencia del acuario de Sumida, en Tokyo, este tiene tramos al aire libre, por lo que se podía generar una conexión directa entre el acuario y el mar gracias al diseño y un juego de perspectivas.

Y justo cuando partimos el recorrido comenzó un show con dos delfines, Arch II y Mavis. Feru se quedó hipnotizada viéndolos, a pesar de que inicialmente mostraba la misma aversión que yo respecto a shows de este tipo con animales. Yo, por otro lado y por razones que no logré entender en el momento, los vi y lloré un poco. Emoción por ver que dos animales maravillosos están vivos. Emoción por su separación del mar. Emoción porque por años había querido ver a un delfín de forma directa.

A medida que íbamos bajando, se comenzaba a ver más y más del gran estanque. Paulatinamente iban apareciendo más criaturas. Pude conocer animales que me llamaron mucho la atención. ¡El túnel de agua era fantástico!


También nos encontramos con caras conocidas al momento de llegar al área con pingüinos, ya que eran pingüinos de Magallanes, especie del Cono Sur.

Al finalizar el recorrido, llegamos al área de pesca y productos del mar, la que, si bien no habría esperado en absoluto en un acuario, me resultó comprensible y llamativo en una cultura tan ligada al mar.
Hemos conversado sobre esto durante nuestro paso por Japón. Hemos comido de esto en distintas formas. No debería romperse la asociación del animal vivo y el producto que se consume, no si se quiere apreciar aquello que comemos.

Sin querer elaborar de forma extensa en el tema, en Chile he notado cómo en muchos envases de productos de origen animal ya no aparecen ilustraciones de los animales. Aunque parezca algo menor e irrelevante, es sólo parte de la extinción de la experiencia y de la vinculación entre el origen y el producto que compramos en el supermercado.
Hablando con colegas del trabajo que suelen interactuar con niños más que yo, me han contado su sorpresa al notar que muchos niños no saben el origen de un huevo, que de un huevo nace un pollito que luego crece hasta ser una gallina, que esa gallina se convierte en parte del asado, al igual que un vacuno. Sin saber que la leche se ordeña de una vaca. “Algunos estudiantes”, me dijeron entre risas e incredulidad, “pensaban que la leche de chocolate se obtiene de las vacas de color café”.
Ya no es sólo la “caja negra” entre los animales y nuestro plato, ahora el origen de nuestros alimentos es simplemente “el supermercado”.

Cuando salimos la lluvia se había detenido y el sol, que no vimos en todo el día, ya se había escondido tras el horizonte nublado.
Volvimos en tren hacia Itoigawa y en la estación conseguimos cosas de comer del 7-Eleven, ya que esperábamos guarecernos durante todo el día siguiente. Al rato comenzó el viento y pronto le siguió la lluvia.
10-nov. [Itoigawa]
La lluvia caía con fuerza. El viento sacudía los árboles y silbaba en las ventanas.
A las 6:30 ya estaba despierto y entretenido con mi panorama para el día: escribir en mi libreta.
En la TV se anunciaba lluvia para todo el día en la región. Y luego de la mezcla usual de noticias, los osos volvieron a ser los protagonistas del drama.


Hoy teníamos una misión importante: enviar nuestra loot box (distintas cosas que hemos juntado a lo largo de la ruta) por correo desde Itoigawa hacia Tokyo. Así que apenas la lluvia amainó lo suficiente como para no salir a bañarnos, partimos rumbo a Japan Post, donde logramos armar nuestra caja y enviarla para recogerla en unos días.


Durante el corto trayecto hacia el hospedaje vimos grandes y oscuras nubes seguían en el horizonte. Al rato el cielo comenzó a aclararse.
“¡No, Feru, esto debe ser el ojo del huracán!”, anoté en mi libreta, antes de que comenzara a llover con fuerza otra vez. Estos son los momentos en que se vuelve a valorar lo rico de un techo para pasar la lluvia. También vuelven los recuerdos de miserables trayectos de mucha lluvia en autopistas en Chile.
El resto de la tarde me dediqué a escribir durante horas para ponerme al día.

—Lo sé —respondí—. Porque mi onigiri no es de atún.
Luego de un par de segundos, en los que preparé la cámara, la culpa se manifestó.
Salí hacia la costa para ver el mar durante los últimos minutos de luz. Corría mucho viento y me tuve que cubrir atrás de una pared mientras tomaba fotos. Al otro lado de la calle, sobre los rompeolas, pude ver a un Blue Rock-Thrush haciendo exactamente lo mismo.

Al regresar y abrir la puerta, vi una bandeja en el suelo con dos tazas. Ambas estaban calientes y tenían fruta cocida en jugo que Keiko-san nos había dejado. ¡Que excelente para una tarde fría! Mi gratitud por habernos quedado en este lugar seguía creciendo. Al día siguiente, la dueña me comentaría que la fruta se llama ichijiku, nombre japonés del higo, y que es una fruta de otoño.
Volví a mi libreta mientras en la TV me encontré, de forma completamente inesperada, con nada más ni nada menos que “Yo soy Betty, la fea” (1999).

『ベティ〜愛と裏切りの秘書室』
Hace rato ya que la idea de pasar por Shirakawa había abandonado nuestros planes. «¡Rayos, otra vez!». Por lo tanto, quedamos de comenzar nuestro retorno hacia Tokyo pasando por Matsumoto y luego aprovechar los últimos días cerca del monte Fuji. Hoy era lunes y nos quedaríamos sin moto el domingo.
Encontré un hotel de precio razonable cerca del castillo de Matsumoto y declaré el final del día.
A ratos, durante el viaje, me detengo a pensar en mi forma de avanzar y de ir planificando sobre la marcha. Tiene un grado de incerteza enorme, bastante improvisación y también una dosis de angustia, pero no me imagino haciéndolo de otra forma. Menos aún andando en moto como lo hacemos, sin tener claro si 100 km serán 100 km “largos” o 100 km “cortos”.
Prefiero pensar en lo que haremos hoy, lo que haremos mañana, y tal vez hacerme una idea de qué vendrá al día siguiente. Con todos los problemas que implique.
11-nov. [Itoigawa – Matsumoto]
116,9 km
Otra noche de mensajes, llamadas y angustia. Al menos, aparte de eso, pude dormir relativamente bien. Afuera sigue lloviendo. ¿Tendremos que partir de Itoigawa bajo la lluvia?
A pesar de lo que el amanecer nos hice pensar, Itoigawa nos tenía preparado un radiante sol atrás de las nubes justo cuando nos alistábamos a partir.

Antes de partir, conversé un poco con Keiko-san, quien hablaba inglés con fluidez, y le pregunté sobre la casa en la que nos estábamos quedando. Me comentó que era una casa que sus padres construyeron en la década de 1930. ¡100 años! Me mostró también una foto familiar, donde se veía su hermano mayor, doctor, quien murió durante el COVID; su hermana, artista; y su hijo, que vive en Tokyo luego de estudiar medicina y quien también es profesor.
—Be careful! Kiwotsukete ne! —dijo Keiko-san, quien salió a despedirse de nosotros—. Come to visit in spring! We have beautiful festivals on April. Safe travel on your baiku! Take care of rain! Mata ne!“
Fue una linda y cálida despedida.
Una vez más me iba de un lugar en el que me hubiera quedado varios días más y al que me encantaría poder regresar. ¡Además que descubrí demasiado tarde la existencia del museo de geología Fossa Magna!
Nos subimos a la moto, rodeados de amplias pozas que convertían el pavimento en un espejo para el cielo azul y las nubes de algodón luego de la lluvia.

¡Rumbo al sur y a las montañas (y a las michi-no-eki del camino)!
Volvimos por donde llegamos, es decir, por la Ruta Nacional 148, mientras veíamos cómo las nubes que acababan de bañar Itoigawa se acercaban a nosotros. Más bien, éramos nosotros quienes íbamos alcanzando la lluvia que nos había dejado atrás.

Comenzó a lloviznar y pronto llegamos al tramo de los túneles, los que espaciaban los ratos de gotas sobre el casco. Pasar por los túneles con “ventanas” generaba un rico efecto de trémolo sobre el sonido del escape de la moto, ¡así que disfruté cada sección!



Volver a encontrar la Michi-no-Eki Otari, ahora con un gran sol en el cielo, nos dio la oportunidad de admirar las estatuas de los dinosaurios con luz mientras tomábamos una lata de café caliente de la jihanki.


Al llegar a Chikuni elegí salirme de la ruta principal para acercarnos un poco a las montañas del oeste, ganando altura, a ver cómo nos iba con la fauna y los paisajes.


En cierta forma, el pueblo de Tsugaike y el camino que lo cruzaba me recordaron a circular por Farellones, en Chile, considerando los edificios y el ambiente vinculado a los deportes de invierno. Hospedajes, resorts, tiendas de ski y las montañas con pistas de ski justo al lado. Incluso el hecho de pasar fuera de temporada era parecido, ya que lucía casi desierto.


“Vamos bien con la hora”, era lo que pensaba y le decía a Feru, considerando que eran las 13:00 y que la meta del día era llegar a Matsumoto y visitar el castillo (que cerraba a las 16:30).
Paramos unos minutos en el puente Hakuba, desde donde vimos el río Matsu fluyendo desde las montañas nevadas hacia el valle más abajo.




Sin embargo, no íbamos bien con la hora.
Antes del desvío hacia las montañas me había confiado en que la distancia hacia Matsumoto no era tanta, que el tiempo de conducción era breve, pero había subestimado las distracciones del bello paisaje y una que otra ave desconocida (¡especialmente esas que nunca logré ver y que vocalizaban desde una maraña de vegetación!).
Al notar que desde el puente Hakuba hasta Matsumoto nos haría llegar pasada la hora planificada tuve mi cuota de culpa. ¿Y cómo no tenerla? Lo que más quería Feru era alcanzar a ver el castillo hoy, y ahora eso estaba comprometido, mientras yo usaba el tiempo para detenerme sin medirlo.
Con la determinación de apresurar el paso y limitar las detenciones a la michi-no-eki para poder comer, cruzamos el paisaje de valles y montañas disfrutando de la velocidad de la moto.


El camino atravesaba un estrecho patchwork, donde parches de cultivos, praderas, bosques se repartían el espacio. Mientras que el espectáculo de nubes se encargaban de darle dinamismo al cielo y a los rayos de sol.



La Michi-no-Eki Azumino Matsukawa fue la única que nos quedaba en nuestra ruta, a un costado del río Takase. Al igual que otras michi-no-eki, ofrecía una gran variedad de productos locales, los que iban de semillas de cultivo, frutas, verduras y flores a jugos, dulces, cervezas, repostería y artesanías.
Cada vez que entramos a una michi-no-eki lamentamos mucho no disponer de una cocina para comprar cosas frescas y probar cocinarlas.


Aquí pudimos comer una generosa porción de comida local llamada sanzokuyaki. ¡Muy rico!

¡Sólo 30 minutos más! Sólo nos quedaban 23 km hasta el Hotel Trend Matsumoto.
Este tramo fue tan rápido como nos permitía el tráfico creciente de una ciudad con una cantidad significativa de habitantes. Es decir, íbamos bastante lento. Nikko era bastante turístico, pero luego de cierta hora se volvía un desierto. Itoigawa… Imagino que debe tener más gente de la que vimos, ¿cierto?

Llegamos al hotel cuando quedaban pocos minutos para la puesta de sol. Feru, evidentemente triste por no haber podido visitar el castillo. Después de todo, sólo pasaríamos una noche en Matsumoto antes de continuar.

A pesar del desánimo, había que ir a buscar algo de comer. Y la idea de caminar de noche luego de un largo día de andar en moto siempre es bienvenida. Incluso podríamos ver el castillo de noche.
Salí “liviano”, en otras palabras, sin el trípode. Nada más bastó ver la impresionante figura del castillo y su reflejo en el agua para exclamar “¡necesito mi trípode!” y partir a paso veloz de vuelta al hotel.
¡Y sí que valió la pena! El monocromático castillo se lucía completamente en la noche.

Una pasada rápida por el 7-Eleven y el FamilyMart nos aseguraron una noche sin hambre y un buen desayuno (no incluido en el hotel) para el día siguiente.
El día siguiente. Había mucho que recorrer rumbo a Yamanashi, donde pasaríamos nuestros últimos días de ruta cerca del monte Fuji.
Lamentablemente, y como ya se está volviendo la nueva normalidad del viaje si consideramos que es el cuarto día, antes de dormir nos vimos envueltos en las miasmas que emanaban de una llamada telefónica desde Santiago. El Gran Mal.
Estrés suficiente como para que incluso estar en Japón andando en moto pudiera volverse una pesadilla.
¿”Por qué no me dejan ser feliz?”
“¿Por qué no puedo estar tranquila?”
¿”Por qué se esfuerzan en arruinar mi vida?”
Muchos idealizan y santifican el concepto de “familia”, recurriendo a los clásicos “la familia es lo más importante”, “la familia es lo primero” o “al final, lo único que queda es la familia”. Sin embargo, quienes lo dicen tienen la suerte de tener una familia relativamente funcional y afectiva o simplemente no pueden ver mucho más allá. Y es por eso mismo que les cuesta imaginar que el mismo concepto de familia puede ser el veneno con el que creces.
Sólo quedaba levantarse una vez más. Pasaremos sobre esto como un equipo. Y me permitiré citar uno de mis diálogos favoritos del cine para los momentos como este.
Sam: Está todo mal. Por derecho ni siquiera deberíamos estar aquí. Pero estamos. Es como en las grandes historias, Sr. Frodo. Las que realmente importaban. Llenas de oscuridad y peligro estaban, y a veces no querías saber el final. Porque ¿cómo podría el final ser feliz? ¿Cómo podría el mundo volver a ser como era cuando sucedieron tantas cosas malas? Pero al final, es solo algo pasajero, esta sombra. Incluso la oscuridad debe pasar. Llegará un nuevo día. Y cuando brille el sol, brillará con más claridad. Esas fueron las historias que se quedaron contigo. Que significaban algo. Incluso si eras demasiado pequeño para entender por qué. Pero creo, Sr. Frodo, que sí entiendo. Ahora lo sé. La gente en esas historias tuvo muchas oportunidades de regresar, solo que no lo hicieron. Porque se aferraban a algo.
Frodo: ¿A qué nos estamos aferrando, Sam?
Sam: A que hay algo bueno en este mundo, Sr. Frodo. Y vale la pena luchar por ello.
Y además, mañana debo reparar el descuido de hoy. ¡A levantarse temprano para ir al castillo! Aunque eso signifique aceptar que llegaremos de noche a Yamanashi. Próximo destino: ¡Monte Fuji!
つづく



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