Con la determinación renovada de realizar al menos una ruta en moto al mes, tenía que aprovechar el espacio entre los días de abundantes lluvias que hemos tenido en Santiago. El invierno más lluvioso en muchos años a lo largo del país. De esta forma, el día elegido era el sábado 22 de agosto.
Salimos junto a Feru a las 11:00 h, cruzando la Alameda en dirección al poniente de principio a fin, dejando Santiago atrás, aunque no sin antes estancarnos en el tráfico a ratos. Se anunciaba un día caluroso, lo cual durante esa tarde significaría casi 29°C en Santiago. La Ruta 68 me permitió acelerar y dejar que el viento hiciera lo suyo en quitarme el calor.
Y hablando de refrigeración, el fin de semana pasado tuve que cumplir con un pendiente que le debía a mi moto: cambiar el refrigerante. Era algo que debía hacer el año pasado, así que ya no podía dejar pasar más tiempo. Primera vez que hacía este servicio yo mismo, ya que la XR250 Tornado se enfriaba por aire, por lo que me demoré más de lo que esperaba. Fue más laborioso que cambiar el aceite, pero sencillo de todas formas, y me tomó casi tres horas.

Considerando lo anterior, mis ojos apuntaban frecuentemente a la pantalla para ver que la temperatura del motor se mantuviera donde correspondía.
Una detención rápida para llenar el estanque antes de dejar la autopista y tomar el camino a Noviciado, rumbo al norte. Hacía años que no tomaba este camino, tal vez el 2018 o 2019, y lo que más recordaba era el olor en algunos tramos. Esta vez pude volver a atravesar las miasmas que se congregan en este sector de Pudahuel, además de ver microbasurales aquí y allá.
Campos alfombrados de verdes cultivos antecedían nuestro paso por el poblado de Lampa, mientras el tránsito se volvía cada vez más lento y obstaculizado. Sumado a eso, avanzamos algunos desesperantes kilómetros atrás de un camión que a su paso levantaba un gran tierral bajo sus ruedas. Era imposible adelantarlo, ya sea por el incesante paso de autos en la pista contraria o porque el camionero, además, aprovechaba las curvas para sacar mini-turbos como en el Mario Kart. La vida se volvió mejor cuando me detuve y lo dejé seguir su carrera.

Los cerros se lucían completamente vestidos de verde, algo que se volvió aún más intenso cuando llegamos al camino de Chicauma. Los Altos de Chicauma se alzaban a nuestra izquierda, cubiertos de bosque nativo recién revitalizado por las lluvias de las últimas semanas. Todavía tengo pendiente poder visitarlo.
A diferencia de todo el tramo anterior, entre Santiago y Lampa, este camino estaba casi desierto, por lo que podía dedicarme a admirar el paisaje y disfrutar conducir la moto. Y mientras más nos acercábamos a Tiltil, comenzaban a aparecer cultivos de tunas y el característico color de los olivos.
En la esquina donde inicia el camino a la cuesta La Dormida fue el primer punto de detención del día. Luego de buscar “empanadas” en el mapa la noche anterior, ya veníamos con el itinerario claro, al menos hasta aquí. Pasamos a “La parada del huinca”, donde comimos unas riquísimas empanadas de queso con aceitunas de la zona (¡harta aceituna!), además de tomarme un mote con huesillo.


Fue agradable y reponedor sentarnos un rato. “Es como un lugar que podría visitar Beatrix Kiddo”, mencionó Feru, luego de un recorrido visual por la decoración en las paredes.
Una de nuestras maletas ahora transportaba una botella de aceite de oliva, sal con merkén y cinco panes amasados. Pan rico, algo cada vez más difícil de pillar en Santiago.
Una de las ideas barajadas la noche anterior era llegar hasta Tiltil. La otra era explorar algún rincón nuevo del área. Así que, para no volver sin conocer un poco más de la región, subimos la cuesta para visitar Caleu.
He pasado por la cuesta La Dormida una decena de veces ya, cinco con la XR250 Tornado y ahora seis con la CB500X. Recordaba esa fría mañana de mayo, el 2018, cuando pasamos por primera vez junto a Aina, congelados. Es una de mis cuestas favoritas de la Región Metropolitana, ¡con una vista fantástica!
Ahora el sol me recordaba constantemente que andaba con mi chaqueta y pantalón de invierno. ¿No se supone que en agosto hace frío?
Al llegar al portezuelo nos detuvimos para mirar las distintas capas solapadas de cerros, cuya paleta incorporaba cada vez más azul a medida que se alejaban en el paisaje, hasta coronarse con una línea horizontal de blanco.


Tomé la curva que durante años me fue invisible y comenzamos un empinado ascenso, con inclinación suficiente como para ir en 1ª marcha. No sabía que había aún más altura que ganar en esta cuesta, con 1.356 m en el punto más alto del camino, llevándome la sorpresa de tener una vista increíble hasta el oriente y poniente al mismo tiempo. Además de esto, el cerro El Roble tenía algo de nieve en su cumbre.

El camino era estrecho y parecíamos ser los únicos recorriéndolo, aunque preferí avanzar lento por si aparecía algo repentinamente. Apenas 7 km más adelante encontramos la Cafetería Ingerborg, donde mi imaginación fabricó la imagen de un café helado para convencerme de entrar.

Pero no era temporada de helados aún. De hecho, tener casi 30°C en agosto tampoco debería serlo.
Pedimos dos trozos de kuchen, unos jugos y nos sentamos a la sombra de un enorme quillay. El ambiente era tranquilidad absoluta. El viento soplaba suavemente, casi imperceptible, pero suficiente para que a ratos cayeran algunas hojas secas. ¡Un excelente descubrimiento en esta ruta!


Al poco rato se acercó una esponjosa perra llamada Bora, que cuando llegamos estaba durmiendo al sol sin ninguna preocupación, pero ahora quería hacer amigos. Usó todos sus encantos para luego subirse a la banca junto a Feru y derretir su corazón. Ahí pasó varios minutos mientras descansábamos.

El paisaje sonoro tenía pequeñas notas de tencas y turcas a lo lejos, picaflores apresurados, chincoles y diucas. Incluso un cometocino de Gay apareció posado cerca de la moto, así que saqué rápido la cámara.


Continuamos nuestro camino por la Ruta G-102 hacia el oriente, que era aún más estrecho que lo anterior. A nuestra derecha se posicionaba el cerro como una muralla imponente cubierta de muchas puyas, mientras que a la izquierda estaba la quebrada y una caída que nadie quiere imaginar.
Esta ruta me dediqué a grabar algunos clips con la GoPro en el casco, a ver si eventualmente puedo editar algo con eso.

Pensaba constantemente en lo genial que estaba siendo esta ruta, en cómo me la había perdido por años pasando tan cerca, ¡y en que quiero explorar todos los otros caminos de la Región Metropolitana!
Llegamos al cruce donde está el puente El Escorial, desde donde ahora apuntamos hacia el sur, a Tiltil. El estero Tiltil nos acompañó a al lado del camino durante 8 km hasta volver a encontrarnos en la misma esquina donde comimos empanadas.
Regresamos por Chicauma, adorando nuevamente el camino. Durante un rato pensaba en cómo, estando encerrado en casa, el reloj se apresura de forma inadvertida y el día llega rápidamente al su final; mientras que al andar en moto, el día se vuelve más largo y siento que he visto muchas cosas, sólo para darme cuenta que apenas es mediodía. En fin, la teoría de la relatividad (en moto).

Mi intento de variar el retorno por Batuco se frustró cuando vi que el camino Lo Vargas era un barrial que no podía evaluar qué tan sencillo o difícil sería hasta estar en medio de él. Si bien confío en los neumáticos plenamente, por la experiencia pajareando en Batuco sé que podría esperar un barro terrible, así que esta vez preferí tomar la opción del camino fácil.
Nos tocó algo de congestión, como es de esperar cuando se vuelve a la ciudad. El horrible smog era muy evidente a la distancia, velando por completo algunos tramos de la cordillera. También vimos muchos basurales y las miasmas de olores nefastos nos atacaban a ratos. Definitivamente un escenario miserable.
Llegamos cansados, física y mentalmente. Ambos con un dolor de cabeza que quita el ánimo y obliga a moverte lo menos posible. ¿Santiago, realmente quieres acabar con nosotros?
Me tiene muy animado la idea de seguir explorando los vacíos de la región que veo en mi mapa. De hecho, ya tengo vista nuestra próxima ruta, así que será el objetivo de septiembre. Llega la primavera, los fío-fíos, el viento, los volantines… ¡Así que a instalar la antena corta-hilo!

Distancia recorrida: 169 km



Puedes escribir algo aquí