¡Al fin, día de andar en moto! Ya me había perdido varios fines de semana, algunos en los que mi ánimo se echó pa’trás, otros en los que el tiempo no acompañó. Quién sí acompañó esta vez fue Feru, con quien partimos nuestra ruta en moto rumbo a la laguna de Aculeo, uno de mis grandes pendientes por conocer de la Región Metropolitana.
Este sería también el primer recorrido largo de Gwaihir luego de pasar salir del taller (otra vez), donde ahora se tuvo que reparar otro perno de los que va entre el chasis y el motor. Continúan las secuelas de las nefastas defensas Givi de hace dos años.
El sábado 11 de julio partimos a las 11:30 tomando la Costanera Norte y luego la Ruta 5 Sur para salir de Santiago. El sol brillaba en un cielo libre de nubes y auspiciaba que sería un día cálido (muy cálido). Avanzamos velozmente hasta pasar Buin y tomamos la salida de Linderos hacia el oeste por el camino La Cervera.
Pasar por ese camino me recordó que ya había andado antes por ahí, el año 2019 en la XR250 Tornado, Gilrain. Aquella vez, un jueves cualquiera y probablemente sin mucho que hacer, partí rumbo a Las Vizcachas y crucé hacia Pirque, desde donde avancé sin destino en mente para pasar por Alto Jahuel, Linderos y Lonquén. Un día del cual no tengo ninguna foto, ni del celular ni de la cámara.
Me dio gusto poder pasar nuevamente por allí, ahora en la CB500X y junto a Feru. El motivo por el cual abandoné la autopista en Linderos en vez de salir más al sur fue querer conocer, recorrer esos estrechos caminos interiores poco transitados y poder tener una mejor idea del paisaje rural de la región. “Llenar vacíos” de mis mapas mentales.

Así avanzamos desde Viluco hasta Valdivia de Paine. Calles angostas, curvas peligrosas, límites de 40 km/h y todo el camino bordeado de haciendas y campos de distintos colores. Pasamos junto a muchas de nuestras ensaladas y varias frutas probablemente.
Los cerros se acercaban a nosotros y pronto nos encontraríamos a sus pies después de cruzar el río Angostura por el puente Valdivia de Paine.
Llegamos así al pueblo de Pintué, donde enormes árboles de plátano oriental con hojas secas se arqueaban sobre el camino. El año 2022 pude pasar por aquí, aunque de acompañante en un auto, para participar en una actividad por el Día de la Tierra junto a la ROC.

Nuestro primer objetivo era llegar a Lassen Haus, una pastelería y cafetería que pillé el día anterior cuando buscaba las infaltables empanadas de ruta. Una de queso-champiñón para mí y otra de queso para Feru, acompañadas de jugo de frambuesa y de mango.


Durante algunos minutos fuimos alcanzados por el humo de una parrilla. “Esto es más sano que lo que respiramos en Santiago estos días”, fue nuestro miserable comentario, considerando lo terrible que ha estado el aire en toda la cuenca estas semanas.
Estar a la sombra se sentía muy agradable y relajante, al punto que no quería irme. Además, hacía más calor del que esperaba (la zona bordeó los 26 °C de máxima esa tarde). Justo antes de partir, un mirlo de pico corto vocalizó desde un álamo seco, donde diez tordos hacían de hojas.
Cruzamos el estero Pintué, cuyas aguas hoy vuelven a llenar la laguna de Aculeo desde el año 2023, después de pasar cinco años completamente seca. El mensaje popular “no es sequía, es saqueo” resuena fuerte en este lugar, ya que se determinó que, más allá del cambio climático, el principal factor que secó la laguna fue la sobreexplotación del agua.
Recientemente fue declarado Humedal Urbano, en diciembre del 2025, buscando otorgarle reconocimiento y protección en el futuro.
Aunque no todos resultaron contentos con esta medida…
Volviendo a nuestra ruta. Cada vez que veía el mapa de la laguna, me daban ganas de recorrer el camino que bordea su orilla norte, junto a los cerros, así que esa era la intención para esta tarde. La Ruta G-530, en un principio pavimentada, presentaba algunas curvas en un camino estrecho, que pronto se volvería de tierra bastante compactada y bien mantenida. Pudimos ver de reojo el espejo de agua, algunos metros más abajo, aunque siempre a través de alguna reja.


Según menciona Oreste Plath, en su libro “Lenguaje de los pájaros chilenos” (1976), “¡Y pensar que en el siglo pasado el sabio naturalista Claudio Gay decía que las bandadas de flamencos oscurecían el cielo e la Laguna de Aculeo!”.

“Atlas de la Historia Física y Política de Chile: Tomo Primero”. (Memoria Chilena BNC)

De pronto, apareció un cartel en el portón de una casa, el que llamó inmediatamente mi atención. “No al humedal. Aculeo con progreso. Agua y vida”.
–¿Ah?
Y fue un mensaje que comenzó a repetirse en los muros de algunas casas, sumando otro que indicaba “No al humedal. Protejamos la laguna”.
–¿Qué clase de consigna es esta?
Feru recordó el cartel que hizo George Bush en Los Simpsons:

Al día siguiente, mi amigo Pedro me comentaría un poco más del asunto, indicando que parte de la población local, y hasta donde vimos por los carteles, vecinos del perímetro de la laguna (quienes, además, poseen bajada privada a ésta) se oponen a la declaración de la laguna de Aculeo como humedal urbano, ya que la protección que le otorga al ecosistema les impediría aprovechar la laguna para otros fines. Según revisaba en el sitio web de estas personas, entre otras cosas, se argumenta declararlo como humedal urbano tendría un impacto negativo para la biodiversidad (?).
En fin. Las contradicciones.
Al menos Claudio Gay y Onofre Jarpa tuvieron mejor vista de la laguna hace 150 años.
Nuevamente de vuelta a nuestra ruta, ahora pasando a la G-562, el camino se volvió repentinamente malo y algo desafiante. Una superficie irregular, que subía y bajaba, mientras era envuelta a ratos por bosque nativo, sombra y humedad. Nadie circulaba por este lugar además de tres hombres a caballo.

«Esto será una buena prueba para la reparación de la moto», pensaba, mientras alternaba entre 1ª y 2ª buscando la mejor trayectoria para avanzar.
Volvimos al pavimento de la ruta G-54 en Rangue, donde doblé hacia el oeste. Me apenó un poco haber estado junto a la renovada laguna y ver que le dábamos la espalda sin siquiera usar los binoculares ni el scope que andaba llevando.
Poco duró el pavimento y la civilización, ya que otra vez estábamos sobre un compacto camino de tierra, ganando altura entre curvas cerradas. Ahora sí, el bosque nativo se apropió del paisaje y nos envolvió por completo. Árboles propios del bosque esclerófilo, como el litre, minúsculas flores de soldadito (particularmente pequeñas), además de algunos quiscos donde el sol se abría paso en las laderas más expuestas. Estábamos atravesando el Santuario de la Naturaleza Altos de Cantillana y Horcón de Piedra.
Luego de 2 kilómetros subiendo la cuesta El Cepillo llegamos al portezuelo El Cajón, el cual marca el límite provincial entre Maipo y Melipilla. Además del cartel que anunciaba lo anterior, un segundo cartel advertía: “Próximos 5 kms sólo tránsito doble tracción”.
Me detuve un minuto a evaluar las opciones de continuar o volver, contar las ruedas de la moto para ver si pasa como doble tracción… Y ver que no tenía señal de celular.

Considerando todo lo anterior y la infinita fe de Feru, sentada atrás de mí, decidí avanzar. Comenzando así una bajada en un camino que alternaba entre malo y muy malo, constantemente en 1ª marcha y dejando que la gravedad hiciera lo suyo. Por mi parte, tratar de elegir la mejor trayectoria entre ripio, piedras, baches y grietas.
No es el peor camino que he cruzado, aunque sí el más complicado que hago en la CB500X y también acompañado. Los neumáticos (Mitas E-07+) recibieron cumplidos y aplausos en mi mente.
Me tenía maravillado el ambiente, aunque muchos carteles anunciaban que no se debía estacionar en el camino, por lo que simplemente continuamos avanzando (a ratos saltando).


Volvimos al pavimento tras cruzar el puente Pallocabe, después de esos 5 kilómetros de bajada que el cartel nos anticipó. A continuación, vino una ruta de dos vías muy poco transitada y veloz, con la cual, a lo largo de otros 26 kilómetros, cruzamos los poblados de Campanario, Cholqui y Pabellón, hasta alcanzar otra vez el río Maipo en el puente La Vega.



El resto de nuestro recorrido fue un rápido retorno a Santiago por la Autopista del Sol, deteniéndonos únicamente en la Copec de Talagante. Debo haber estado cansado, ya que en cierto momento noté que estaba cambiando de pista de forma inconsciente (¡oh no!).
Lo que recuerdo claramente, además de la cordillera resplandeciendo con la luz cálida de la puesta de sol, fue que en uno de los puentes para peatones sobre la ruta había un grupo de niños, inmóviles, mirando hacia abajo. Mientras me acercaba, la primera simulación que corrió en mi cabeza fue una piedra cayendo directo hacia mí. Un breve instante de tensión y algo de miedo, que sólo quedó en eso, pues ninguna piedra cayó. Ver esas noticias terribles de heridos y muertos por apedreos en autopistas deja algunas secuelas.
De esta forma terminó nuestro día de mucha moto y pocas detenciones. Una parte de mí necesitaba salir, respirar e incluso sentirme cansado al final del día. La otra parte se termina sintiendo algo mal después de días como este, en los que recorro muchos lugares, veo muchas cosas, pero tomo pocas o ninguna foto. El fotógrafo en mí se siente derrotado. De hecho, le debo a la GoPro tener algunas capturas de la ruta.
Oh bueno, ¡es una ruta que definitivamente quiero volver a hacer!

Distancia recorrida: 208 km


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