Censando piuquenes y choque en ruta

¡Pero qué año para escribir en este blog! La última entrada de febrero escribía sobre mi primera caída en moto y ahora, a poco más de dos meses de eso, tengo un nuevo infortunio que contar: mi primer choque.

A pesar de que ya adelanté el evento desafortunado del día, aprovecharé la instancia para narrar lo que fue la mañana del 29 de abril. Censando piuquenes en Batuco.

Censando en el frío antes de la salida del sol

Desde hace un par de años estoy trabajando junto a observadores de aves de la ROC censando piuquenes en el área de Batuco. Éstos son gansos que se distribuyen en la cordillera de los Andes, desde la puna de Perú y Bolivia por el norte hasta la altura de Mendoza en Argentina y Ñuble en Chile por el sur. Es aquí donde viene un detalle importante. En el sur de su distribución, es decir, la zona central de Chile, los piuquenes descienden al valle central para pasar el invierno, concentrándose justamente en las áreas de Batuco y Quilicura.

Históricamente, en estas áreas se encontraban unos pantanos de enorme extensión (¡kilómetros!), que ahora han sido reducidos a pequeños cuerpos de agua y humedales estacionales. Lo anterior debido al cambio de uso de suelo, la urbanización (legal e ilegal) y por qué no mencionar el robo de aguas. Para no extenderme, es aquí donde estamos haciendo monitoreos para ver por dónde se mueven los piuquenes en invierno, dónde duermen y dónde se alimentan.

Piuquenes (Oressochen melanopterus) forrajeando en el Humedal de Batuco
Piuquenes (Oressochen melanopterus) forrajeando en el Humedal de Batuco

Siguiendo con la ruta habitual, me detuve un breve momento a comer. Aprovechando los primeros rayos de sol para descongelar las manos y fotografiar a un pequeño residente del lugar: un pequén. El cual también disfrutaba del calor del sol.

Pequén (Athene cunicularia) disfrutando del sol en el Humedal de Batuco
Pequén (Athene cunicularia) disfrutando del sol en el Humedal de Batuco

Luego de recorrer los alrededores de la laguna de Batuco, mi ruta sigue hacia el sur. Pasando por humedales, bastante secos actualmente, como Santa Inés y Puente Negro (arrasado por un loteo ilegal, el cual vergonzosamente continúa avanzando), para llegar finalmente hasta el humedal San Luis, en Quilicura. Este es el punto más al sur en el valle central donde hay grupos de piuquenes alimentándose regularmente.

El accidente

Durante la mañana me tocó ir pegado atrás de algún camión en zonas donde no se podía adelantar, lo que. a pesar de la lata y lentitud, traté de tomarme con paciencia. Ya cuando me dirigía hacia Quilicura ocurrió el accidente.

Salía de una curva en un camino de dos pistas, una en cada sentido. Vi una fila de autos que apenas se movía, unos cinco tal vez. Señalicé para adelantar por la izquierda, paso a la pista opuesta y en ese momento el último auto de la fila dobla abruptamente hacia la izquierda sin señalizar. Cosa que verifiqué con atención antes de hacer la maniobra. Frené lo más fuerte que pude, intentando no bloquear las ruedas mientras tocaba la bocina, pero el pavimento, con algo de tierra y barro, jugó en contra y la rueda trasera perdió frenado.

«Oh no. Así que este es el momento en que te resignas a chocar» era la versión extendida del «¡oh, mierda!» que escuchaba en mi mente.

Un golpe con el costado derecho de la moto contra la camioneta, probablemente mi brazo y pierna también, para luego caer con la moto hacia mi izquierda y yo en el piso. Mi casco no tocó el suelo. Afortunadamente alcancé a reducir bastante la velocidad.

El conductor se bajó y llegaron otras dos personas que estaban cerca. Me preguntaron si estaba bien, siendo el conductor el más insistente con la pregunta. Le dije que no había señalizado el viraje y se excusó en que a veces su intermitente se le apagaba al pasar a llevarla al girar el volante o algo así. Me ayudó a levantarme y las otras personas me ayudaron a levantar la moto.

Me sentía sobresaltado, pero no me dolía nada físicamente.

—Preocúpate por ti primero, luego ves la moto —decía el conductor, más calmado que yo aparentemente.

Mientras la recogía, trataba de evaluar posibles daños lo más rápido posible para decidir qué hacer al respecto: motor sin daños, plásticos sin daño alguno, horquilla, chasis, manubrio… Todo sin daños aparentes. Sólo el espejo izquierdo estaba roto, tirado sobre el barro al costado de la calle.

—Si estás bien —dijo el conductor—, ¿puedo irme tranquilo entonces?

Sentí cierta prisa en seguir su camino. Repasé todas las recomendaciones en caso de accidente. En caso de si hay lesiones, daños y todo eso. Aunque en mi control de daños mental sólo podía encontrar el espejo.

A pesar de la maniobra no señalizada por el conductor, al repasar rápidamente el área me percaté (sí, después) de que había un paso cebra donde iba a adelantar, aunque no había señalética que lo advirtiera. La tierra en el pavimento ocultaban también las barras del cruce. Mi vista y atención deben haber estado claramente en la fila de autos inmóviles y no en el pavimento. Eso sí, el paso cebra no era el motivo de la fila y ningún peatón estaba cruzando.

Todo esto me llevó a pensar que no podía culpar únicamente la no señalización de la maniobra como causa de todo esto. También debí anticipar que alguien podría hacer algo inesperado. Pensar en eso era lo que más me pesaba.

—Puede irse —respondí—, estoy bien.

La peor parte fue que, luego de doblar hacia esa calle y provocar el choque, al irse se devolvió por donde venía. Oh bueno. Me senté un rato a reponerme y revisar daños con más calma, ahora sin alguien preguntándome si estoy bien varias veces. El pedal de los cambios estaba algo doblado hacia adentro, siendo obstruida por el motor.

Justo en el lugar había un almacén y la señora que atendía, quien vio toda la escena, me prestó una herramienta para repararla. Me preguntó si estaba bien y me contó que en ese mismo lugar han habido otros accidentes. Y que también otro motociclista chocó ahí, a quien aparentemente le fue peor que a mí.

—Mejor pruebe su moto en el pasaje antes de seguir su camino —recomendó la señora.

Era una buena idea, ssí que di una vuelta de prueba, verificando que todo parecía andar perfecto y pude continuar el recorrido. Me quedaba solamente un punto que censar y volví a casa sin problemas.

Al igual que cuando no hay electricidad en casa y uno igual enciende el interruptor de la luz, me pasó todo el camino que miraba el espejo, encontrando el soporte vacío.

Al día siguiente bastó con una vuelta por Lira para poder reponer el espejo roto por sólo $10.000. Quedó impecable. Definitivamente el choque más barato posible, en todo sentido. Me hace sentir agradecido y aliviado.

Ahora, de forma similar a lo que pasó luego de la caída por aceite en el pavimento, mi cerebro hace de las suyas para inyectar una pequeña dosis de ansiedad y precaución en la calle. Para evitar que algo así vuelva a ocurrir, sólo queda aprender de esto y ser más precavido para disminuir las probabilidades al mínimo.

No puedo terminar esto sin reiterar que le debo parte de haber salido sin ningún rasguño a mi equipo de protección completo. Éste va siempre conmigo aunque el tramo sea corto. Mis botas, rodilleras, chaqueta y los guantes se llevaron el golpe de costado contra la camioneta y luego contra el pavimento. El casco no golpeó el suelo menos mal, o quizá habría tenido que cambiarlo (¡y lo renové hace sólo una semana!). Así que ya le debo dos caídas sin lesiones a mi equipo. ¡A usarlo siempre!

La moto se salvó de terminar con daños mayores por los cubre puños Barkbusters, los cuales probablemente salvaron mis dedos otra vez también. ¡Definitivamente la mejor inversión de seguridad para una moto! Totalmente recomendados.

Espero tener algo menos accidentado y más entretenido que contar la próxima vez. ¡No puedo permitir una racha de tres sucesos malos aquí!

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