Prefacio
¿Por qué Shoji? “¿Itoigawa? ¿Qué hacían allá?” ¿Por qué Kusatsu y Nikko? No lo sé exactamente. Pero, aunque simplemente disfrutara viajar sobre la moto y ver el paisaje de Japón cambiando a mi alrededor, inevitablemente necesitábamos tener un nombre, un punto hacia el cual movernos. Y esto aplica tanto en Chubu, donde nos encontrábamos ahora, como en cualquier otro viaje.
En un principio sólo eran nombres en el mapa. Luego esos nombres que se cruzan con el dibujo de la ruta pasan a significar algo. Evocan imágenes, te sacan una sonrisa (o unas lágrimas) y avivan el deseo de poder volver algún día. Esta es una de las verdades de viajar. Algo que conocí y repetí a partir de mi primer mochileo, desde Santiago hasta Puerto Montt, el verano del 2010.
Y ahí estábamos, con nuestras piernas bajo un kotatsu, tomando Calpis con sabor a uva y yo poniéndome al día con la escritura. Afuera estaba nublado y frío. Podríamos decir que, hasta ahora, todos los días nublados y fríos los habíamos pasado de la forma incorrecta, ya que nunca tuvimos un kotatsu. Y nadie sabía eso mejor que Shanti, el mañoso gato de colita corta.

Esta es la cuarta parte de la aventura en Japón 「2ª temporada」
12-nov. [Matsumoto – Shoji]
156,1 km
Dormir poco cuando sabes que hay un largo día por delante no es alentador.
Antes de acostarnos hice una ingeniosa obra de ingeniería para lograr poner una caja con un litro de té en nuestro pequeño refrigerador. “Mañana hay que abrir esto con cuidado, pensé. Y aún así, mi primer acto para partir el día fue saltarme todos los protocolos de seguridad que yo mismo establecí y vi como nuestro té se derramaba en la alfombra.

Decirle a Feru “A levantarse. ¡Por el castillo!” fue super efectivo. Por lo que a las 8:00 teníamos nuestro equipaje y equipo en recepción para irnos apenas volviéramos del castillo. Convenientemente, sólo había que caminar 10 minutos para llegar.


A las 8:30 abrieron el castillo. Nos apresuramos a entrar para ganar algo de distancia de los grupos de numerosos turistas que atienden a un recorrido guiado.
En la entrada había que quitarse los zapatos y me sorprendió lo frío del suelo de madera, casi como llegar a Batuco en una mañana de invierno. Algunos turistas, a pesar de los carteles e instrucciones verbales, ingresaron con zapatos de todas formas, siendo interceptados por los guardias.


29. Castillo de Matsumoto
El castillo de Matsumoto fue construido en 1594, durante el periodo Sengoku, y fue declarado Tesoro Nacional de Japón. A este fuerte de seis pisos se le apoda también “castillo del cuervo” por su color negro y terminaciones semejantes a alas.
Teniendo en cuenta el agitado periodo de su construcción, con recurrentes guerras civiles y revueltas, toda su estructura y diseño tenían detalles defensivos en consideración.
Las escaleras por las que se ascendía eran estrechas, con una pendiente considerable y estaban ubicadas en extremos opuestos en cada piso. Y no sólo eso, ya que mientras más alto era el piso, la inclinación de las escaleras aumentaba, pasando de una escalera empinada a algo que prácticamente era una escalera de mano.

Al interior del castillo habían exhibiciones de distinto tipo, todas ellas asociadas a la guerra. Una colección de antiguas armas de fuego donadas por un coleccionista, armaduras, herramientas y otros instrumentos.






Si subir hasta el séptimo piso fue duro, bajar lo fue aún más. Aún así, me permití celebrar el no haber sumado a la colección un cabezazo en el castillo.


Dimos una vuelta al perímetro del foso pajareando y volvimos hacia el hotel. Fue una experiencia genial y me alegró mucho haber podido visitarlo con Feru, quien hace años tenía un cuaderno con este castillo en la portada y quería conocerlo.

スズメ | suzume

A las 11:00 estábamos sobre la moto, dejando Matsumoto atrás, luego de una breve pero bien aprovechada visita. Si bien nos dirigíamos hacia el sur, tomamos la Ruta 67 hacia el este, adentrándonos en las montañas una vez más. El termómetro indicaba 10°C.
Nuestro primer objetivo de ruta: Korobokkuru Hutte. Un lugar donde honraríamos lo que es el segundo desayuno.
Luego de llenar el estanque por tercera vez en nuestro viaje, comenzaron las curvas que nos hacían ganar elevación en el terreno. Un cartel anunciaba la “Azalea Line”, una de las rutas escénicas de la prefectura. Nos adentramos una vez más en un sin fin de hojas anaranjadas que desfilaban a ambos costados de la ruta.

El termómetro de la moto pasó de 12°C a 6°C en pocos minutos y, como ya me había entretenido en días anteriores corrigiendo su desviación, sabía que indicaba 3°C sobre la temperatura real. Así que… Hacía frío. Admito que al ver el sol radiante en la mañana (y sumar el ejercicio de piernas del castillo) me confié y, como alguien que disfruta un día fresco, no me vestí con todas las capas. Y mientras avanzábamos y subíamos más y más, insistía en que todavía era tolerable (¡incluso iba sin mi bufanda!).
«Oh, hojas blancas junto al camino —pensé, mientras algo me decía que pusiera atención—. ¿¡Hielo!?»

Efectivamente, las hojas secas que cubrían los márgenes del pavimento comenzaron a escarcharse.
Me gustaría poder decir que en ese momento recordé al hombre que se cruzó con nosotros en el bosque Nopporo, en Hokkaido, y nos advirtió que tuviéramos cuidado con el hielo que se forma a la sombra, pero en ese momento mi cabeza sólo repetía una cosa: “Hielo. Maneja con cuidado. Hielo. Avanza despacio”.
Mi corazón latía con fuerza, mi atención estaba enfocada 150% en la ruta. Ningún otro vehículo se cruzó en nuestro serpenteante camino. La imagen mi caída en Farellones, cuando apenas llevaba dos meses andando en moto, me recordaba lo fácil que es deslizarse con un parche de hielo. También imaginé lo doloroso que sería caernos con una pesada Yamaha Tracer 9 GT… ¡Pero faltaba tan poco para el paso Tobira!
Seguir avanzando, cuidadosamente, nos permitió alcanzar el paso Tobira (1.650 m) y volver a ver el sol. Me costó apagar el la alarma de hielo antes de volver a relajarme y disfrutar de las curvas y la grandiosa vista.

A partir de este punto nos pasamos a la Venus Line, otra famosa ruta escénica. Aquí la temperatura debe haber bordeado los 3°C. De esta forma, esta ruta ganó dos medallas: la ruta más fría y el punto más alto (1.796 m) que hemos hecho en Japón. ¡Incluso más helado que Hokkaido! Únicamente el hecho de tener el sol sobre nosotros nos ayudó a soportarlo.


En retrospectiva fuimos afortunados, ya que recorrimos la Venus Line el 12 de noviembre y esta ruta se cierra en invierno… ¡A partir de la quincena de noviembre!
Al llegar al punto más alto, estacionamos la moto y bajamos nuestros gélidos y agarrotados cuerpos de ella. Feru era la viva imagen de alguien que sale de un frigorífico. Ambos devastados por el frío y el viento. Lo único que nos brindó la fuerza de voluntad de seguir adelante era haber llegado aquí. Caminamos un tramo sobre la montaña y ahí estaba, la Korobokkuru Hutte.

Aunque antes de eso, volveré un poco en el tiempo para vincular dos recuerdos a este momento.
Era el año 2020, la plaga envolvía al mundo y la incertidumbre tenía a gran parte de la gente encerrada. En medio de este encierro, internet permitía mantener algo de conexión y “viajar” a otros lugares. De esta forma se me cruzó un video de MotoGeo, en el que una ruta en moto por Japón pasaba por este lugar. Además de fantasear con algún día, en la máxima expresión de “ojalá algún día…”, poder andar en moto en Japón, quería probar las tostadas que vi.
Dos años después, era el invierno del 2022 y el COVID dejaba de ser la amenaza que conocimos. Mientras veía el anime Yuru Camp, durante el episodio 4 volvió a aparecer un lugar familiar. ¡Korobokkuru Hutte! Y ahora lo que se lucía era un plato de borscht luego de una fría ruta hasta aquí. {}


Entrar fue como recibir un abrazo caluroso mientras mueres de frío. La puerta de madera se cerró a nuestra espalda, separándonos de un mundo helado. La madera del piso sonaba con cada paso que dábamos y una estufa a leña nos hipnotizaba.
Las enormes tostadas fueron material para fantasear durante años. ¡5 años, de hecho! Y este día vivieron para mantener su reputación.

También comimos borscht, un plato tradicional de Ucrania, que consiste en carne y vegetales en sopa de tomate. Estaba deliciosa y, en conjunto con la estufa a nuestro lado, terminaron de descongelarnos por completo.


Pero había que continuar. Nos esperaba un frío descenso. Y la moto nos mostraba que hacía 1°C menos que antes. Sólo nos quedaban 100 km y dos horas y media de marcha, pero confiábamos en que, una vez que dejáramos atrás las montañas, dejaríamos atrás también el frío que nos asediaba.
Pasamos Hara y Fujimi. Nos desplazábamos por un valle estrecho y nuestro termómetro ahora tenía dos dígitos. Ahora la Ruta Nacional 20 nos llevaba rumbo al sureste, permitiéndonos parar en la Michi-no-Eki Shinshu Tsutakijuku. Grande fue nuestra decepción cuando la idea de un café caliente se desvaneció al ver que la michi-no-eki estaba siendo remodelada.



No pasaron muchos kilómetros antes de encontrar la Michi-no-Eki Hakushu, donde hicimos una detención corta para ver productos locales y rehidratarnos. Después de todo, sería la última detención hasta Shoji.


Eran las 16:00. El cielo me maravillaba con una capa de nubes que resplandecían con la puesta de sol. El sol se puso y Maps nos decía que faltaba una hora. Y entonces apareció. En el punto de fuga de este paisaje se alzaba el monte Fuji. Nuestra meta final del día.

Nos adentramos en la ciudad de Kofu, donde una sucesión de semáforos y el aumento del tráfico llevaron a lo inevitable: un largo y lento taco. ¡Aunque ver cómo el Fuji crecía en el horizonte compensaba toda la lata!
Desde Kofu tomamos la Ruta Nacional 358 rumbo al sur, nuestro último tramo del día, cuando el día ya había acabado hace rato.
Luego de varias curvas, algunos túneles y mucho frío, cruzamos las montañas. La oscuridad no nos permitió ver el lago Shoji en el paisaje. El más pequeño de los cinco lagos del Fuji. Aquí se encontraba el minúsculo pueblo de Imura, al lado norte del lago.
Era en este lugar donde se encontraba el hospedaje que encontré: Pension Tanpopo. Nos recibió Machiko-san, una mujer jubilada, instructora de yoga, que irradiaba tranquilidad y amabilidad con su forma de hablar y sus acciones. Hablaba un inglés excelente, así que fue fácil conversar con ella. Nos preguntó por nuestra ruta y, al mencionar que veníamos de Itoigawa, se mostró sorprendida y rió un poco.
—Itoigawa? What were you doing there??
Con eso nuestra idea de que Itoigawa está completamente fuera del circuito turístico se reafirmaba. De todas formas, me gustaría mucho que más gente pudiera salir del circuito popular y descubriera lugares como Itoigawa.

Una vez finalizado el tour de bienvenida y las explicaciones del lugar, nos advirtió que, por la hora, los (dos) restaurantes del pueblo estaban ya cerrados y que el único konbini cerraba a las 19:00. Lo anterior implicaba que, si no salíamos ahora mismo, no tendríamos nada para comer hasta mañana.
Una caminata en la oscuridad, donde las escasas luminarias nos daban una idea del pequeño tamaño del pueblo. Compramos algunas cosas para comer en la noche y también de desayuno en el konbini Yamazaki.
Noté a Feru desanimada en el camino. “Me da lata pensar que vamos a estar varios días aquí, que no hay nada, y que quizá pudimos haber visto otro pueblo cerca del Fuji”.
Déjà vu. Esto se parece mucho a cuando llegamos a Kusatsu y al primer día en Itoigawa.
—¡Apuesto a que te va a encantar el lugar después!
Por mi parte, estaba feliz con el lugar. El menos turístico posible. Aunque dentro de mí apareció la duda de si tal vez me había excedido en la escala de alejarnos de los lugares concurridos.
A pesar de estas dudas que nos acompañaron en la fría caminata de vuelta, sin cruzarnos con absolutamente nadie, al llegar al hospedaje nuestra vida mejoró significativamente. Machiko-san tenía encendido el kotatsu de la sala principal y atrincherado en su interior estaba Shanti, el gato.

13-nov. [Shoji]
Amaneció completamente nublado y con mucho frío. Seguíamos sintiendo el cansancio del día anterior. ¡Especialmente ese trabajo de piernas en el castillo de Matsumoto! Y ver que afuera estaba helado y gris, luego de habernos congelado ya el día anterior, hizo que la idea de volver a subirnos a la moto fuera descartada.
Además, ¡combinar un kotatsu y un gato eran un nuevo nivel de tranquilidad y placer!


Machiko-san conversó con nosotros durante el desayuno, ofreciéndonos pan hecho por ella. Nos habló sobre el lugar, la historia del pueblo y nos dio recomendaciones para poder hacer algunos senderos. Todo esto mientras nos mostró un lindo mapa del área. También nos presentó formalmente a Shanti, su gato de nueve años.
La tradición oral y ser el director del blog me permiten aprovechar de transmitir el relato de Shanti con ciertas libertades editoriales.
Shanti, el gato de cola corta, escapó de su confinamiento indoor para que sus sentidos se bañaran en el cambio de estaciones. Vio las hojas secas caer de los árboles, creando una alfombra amarilla a sus pies, mientras el viento otoñal sacudía las hierbas del patio.
A sus nueve años había visto nueve veces esta transición. “Pasaría mis nueve vidas viviendo en este lugar”, pensaba Shanti.
Pero Shanti no sabía que ese día la calma desaparecería, pues el destino trajo a alguien que no esperaba. Otro gato. En cuyos ojos vio hostilidad y supo que la gran pelea de esta vida estaba por comenzar.
A pesar de su colita corta, Shanti era el heredero de la técnica secreta del corazón explosivo de cinco puntos. Además, en su vida anterior había logrado dominar la flama azul de su ojo izquierdo. Había llegado el momento.
La pelea gatuna fue tan rápida y devastadora como un rayo que desintegra un pino. Las historias difieren respecto al destino del gato enemigo. Respecto a Shanti, a pesar de usar todo su poder, terminó con heridas que requirieron nueve puntos. Y sobrevivió.
Sobrevivió para tener que aguantar nuestros cariños e invitaciones a acurrucarse bajo el kotatsu.

Salimos a caminar en las cercanías. Todo el paisaje que nos habíamos perdido al llegar la noche anterior ahora desbordaba colores, saturados por un cielo gris. Nuestro primer destino no fue el lago ni correr a ver el Fuji, sino que nos adentramos en el pueblo por el viejo camino Nakamichi.



Durante la mañana, Machiko-san nos contaba que hace siglos el camino Nakamichi era usado por quienes viajaban desde el mar hacia el interior, siendo parte de una ruta comercial. Esta calle estaba bordeada de casas, muy pocas, y la mitad de ellas eran akiya, es decir, casas abandonadas a merced del paso del tiempo.




Según el relato de Machiko-san, este pueblo de Imura se construyó hace unos 140 años, pero hace 50 fue abandonado parcialmente por el riesgo de aluvión en la quebrada, algo que ya había sucedido en un pueblo cercano, arrasado por completo. Se reubicó a la gente de Imura en un nuevo pueblo construido al sur del lago, aunque no todos quisieron irse.



Cuando busqué el que sería nuestra última detención antes de regresar a Tokyo, sólo tenía en mente que sería algún pueblo cerca del monte Fuji. Había leído sobre el lago Kawaguchi, probablemente el más popular, así como también sabía del lago Motosu. El lago Shoji pasaba inadvertido, siendo el más pequeño del grupo. Sin embargo, al toparme con la publicación de la Pension Tanpopo, la descripción del lugar me llamó inmediatamente la atención:
“Entre los cinco lagos del Fuji, el lago Shoji es conocido por casi no tener industria turística. Es perfecto para quienes quieren pasar el tiempo de forma tranquila porque no hay nada aquí.”
“En la villa hay un santuario con techo de paja y un templo zen, y un árbol sagrado de 1.200 años, el “Shoji-no-Osugi“, que es la única atracción turística en la villa”
“Atracciones: árbol”. ¡Este es el lugar!

Al llegar al santuario Suwa vimos inmediatamente al ‘gran cedro de Shoji’, Shoji-no-Osugi. Declarado como Monumento Natural Nacional en 1928, se estima que su edad ronda los 1.200 años, alzándose con 40 metros de altura lo hace parte de los cedros más altos de Japón.
El santuario Suwa, que estaba junto al gran árbol, estaba desierto. De hecho, no nos topamos con nadie a lo largo de toda nuestra caminata. Habían pequeños santuarios kamidana, algunos con figuras de kitsune y en varios vimos una galleta ofrecida frente a ellos (algo que cualquier chileno habría asociado a una Frac). Un momiji otorgaba color a la entrada, mientras que en el extremo opuesto había un cementerio.





Caminamos luego por el borde norte del lago Shoji hasta encontrar un mirador hacia el monte Fuji. Ahí estaba, ¡por fin pudimos verlo más cerca que nunca! Desde este punto hay una portada distinta y particular del Fuji, ya que frente a éste se ve al monte Omuro. Esta escena es llamada por la gente local como “Kodaki Fuji“, ‘Fuji abrazando a un pequeño”.



ジョウビタキ | jōbitaki
A la hora de almuerzo nos encontramos casi todo cerrado, lo que limitó nuestras opciones de tres a sólo una: el restaurant Kotobuki. Machiko-san nos había recomendado los otros dos, pero estaban cerrados.
Éramos las únicas personas sentadas, pero a los pocos minutos llegó un grupo de cuatro chinos, a quienes atendieron y sirvieron primero. Mientras comía mi tonkatsu, no podía dejar de pensar en cómo las michi-no-eki a lo largo del camino nos habían permitido comer en abundancia por poco dinero, por lo que me sentía algo decepcionado por el precio del lugar… Y que el tonkatsu estuviera duro. Tampoco ayudaba que el grupo chino se esforzara por llenar el espacio, mayormente vacío, hablando de forma ruidosa con la boca llena y con uno que otro eructo que deben haber escuchado hasta la cocina.

Nuestra última tarea del día era pasar al konbini Yamazaki para tener cositas de comer en la noche y para el desayuno. Ya teníamos claro que nuestros días en Imura se sostendrían en base al konbini y su comida para el microondas (¡ninguna queja al respecto!).
14-nov. [Shoji, Minobu, Motosu]
75,5 km
¡Qué mala noche! Unas tres horas de sueño perdidos entre llamadas, mensajes y peleando con ENEL. Malditos. “Legalmente podemos tardar 24 horas en reponer el suministro”, indican, desvergonzadamente, cuando llevan ya 72 horas sin hacerlo.
Feru estaba abatida por todo esto. Atrapada en ese círculo del infierno reservado para las familias despreciables. Un día más de lágrimas. En Japón. Malditos…
Mientras desayunábamos y consultaba el manual del “Feru Model Kit 1/3” para volver a armarla, Machiko-san conversaba con nosotros. Nos habló un poco sobre Fujikawaguchiko, y encontró acertado mi comentario al llamarlo “el Kyoto del Fuji”, ya que nos contaba que los visitantes son muchísimos, especialmente en primavera. “¡Cobran ¥2.000 por estacionarse donde sea!”.
Teníamos un entretenido plan para el día, por lo que luego de rearmar completamente a Feru, nos subimos a la moto.
Me di el gusto de recorrer los casi 400 metros del camino Nakamichi en la moto, aunque dar media vuelta al final del estrecho e inclinado camino con una moto pesada no fue tan divertido.

Sin embargo, esto llevó a un particular encuentro con un anciano del pueblo, quien se acercó a hablar con nosotros. Dentro de lo difícil que fue seguir su habla sin pausas aún considerando el traductor, nos contaba que tenía 90 años y que vivía ahí junto a su esposa de 85. En cierto momento, su conversación se detuvo, cuando vio una hoja de momiji que había puesto en el tablero de la moto hacía algunos días, en Kusatsu… Y la arrancó.
Oh. ¡Nooo! No supe cómo reaccionar, pero Feru se rió el resto del día por mi pérdida.
Nos dirigimos hacia el oeste, rumbo al lago Motosu y el inicio de la Ruta Nacional 300. Nuestra intención del día era hacer una pequeña ruta inspirada en Yuru Camp.

En el lago Motosu, vimos desde la moto la famosa postal “Fuji del billete de 1.000 yen”, donde varias personas (¡y hasta un bus!) se aglomeraban en el mirador por fotos. Avanzamos un poco más y llegamos a la Koan Guesthouse, el famoso lugar junto al lago donde comienza la historia de la serie Yuru Camp.





Además de haber muchos artículos de la serie, vimos que justo en esta fecha estaban haciendo un stamp rally en la localidad. Oh no. Conseguimos la primera estampa aquí y, en un momento de poca racionalidad, pensamos que tal vez podríamos alcanzar a juntar más. Con esta ilusión, rearmamos parte de la ruta del día y podríamos disfrutar más de la Ruta Nacional 300. ¡Rumbo a Minobu!

Muchas curvas nos esperaban, convirtiendo la ruta en una maravilla escénica y emocionante de recorrer. La cuesta Koshu Iroha. También pasamos por un fantástico túnel que trazaba un círculo dentro de una montaña, saliendo decenas de metros por encima del punto de entrada.

Luego de este lindo tramo, llegamos a la Michi-no-Eki Shimobe, donde el follaje otoñal no sólo envolvía el lugar, sino que salpicaba todos los árboles y arbustos dentro del área. Es una de las más lindas que hemos visitado (¡24, nuestro gran logro!).


Habían unas máquinas jihanki del anime Yuru Camp junto al estacionamiento. Al interior del edificio encontramos una mini exhibición de cosas, ¡donde tenían incluso la scooter Yamaha Vino en la muestra!



Comimos un delicioso tamasen que tenían en un carro y admiramos el paisaje un rato. Esta michi-no-eki contaba con un enorme espacio para acampar, mesas, quinchos para asado y, más abajo, corría el río Tokiwa. Varias mariposas y libélulas revoloteaban en los arbustos.




¡Sin dudas, una de las mejores cosas de poder recorrer Japón sobre ruedas es visitar las michi-no-eki a lo largo de las rutas!
Decidimos adentrarnos un poco más hacia el pueblo de Minobu para conseguir una última estampa del stamp rally, lo que nos llevó hasta el templo Jōkōin. Un lugar tan vacío que me hizo dudar de cada una de nuestras acciones, partiendo por estacionar la moto. Los únicos ahí para juzgarnos eran tres perros que viven en el templo.



Abrimos la puerta del templo. Nadie. Pudimos conseguir algunas estampas en el templo y la del stamp rally y volvimos a la modo. Nadie en absoluto.

Jōkōin



Tokyo > Nikko > Kusatsu > Itoigawa > Matsumoto > Shoji > Minobu > Tokyo



Eran las 14:45 y 30 minutos nos separaban del Peter Rabbit English Garden… Que cerraba a las 16:00. Partimos rápidamente y volvimos a disfrutar de la cuesta Koshu Iroha hacia el otro lado. ¡Completamente maravillado por la Tracer 9 GT!
Llegamos al lugar cuando quedaban 30 minutos para el cierre. Aunque no había de qué preocuparse, pues era la tienda la que cerraría, mientras que el jardín estaba abierto y éramos los únicos en todo el lugar.






A lo largo del sendero habían estatuas de cerámica aquí y allá, además de ilustraciones y algunos montajes acompañados con narraciones. Vimos extensos campos de tierra desnuda, donde cada primavera cultivan miles de flores y el paisaje se satura con alfombras multicolores. Y posiblemente en visitantes también.




El Fuji se veía más cerca que nunca, completamente despejado y con los últimos rayos de luz despidiéndose de su cima.

El sol se fue y, en su ausencia, la oscuridad llegó rápidamente a reclamar la ruta, el bosque y el paisaje. No alcanzamos a visitar el bosque Aokigahara. Una vez más aparecía junto a nosotros esa mano fantasma con su reloj de arena, diciéndonos que no esperaría a nadie.
—Aunque… podríamos atravesar el bosque de noche —Fue la idea de repuesto.
Nunca antes recuerdo haber cruzado en moto una ruta más oscura y solitaria. Aunque el riesgo de que en cualquier momento se materializara un ciervo sika desde las sombras ya lo habíamos vivido. Avanzamos a una velocidad prudente por la Ruta 71, que cruza el bosque Aokigahara, el “mar de árboles”. Tristemente famoso por las decenas de suicidios que ocurren cada año.
Ningún ciervo sika se nos cruzó, aunque tampoco lo hizo algún auto en casi 6 km.

Llegamos al sector donde se encuentra la cueva del viento Fugaku, donde estacionamos la moto bajo un particular foto de luz azul y vi que existía un sendero. Anduve llevando mis equipos (micrófono y cámara trampa) todo el día, por lo que era mi última oportunidad de dejarlos instalados.

Nos adentramos algunos metros en el bosque, sin siquiera quitarnos los cascos. Instalé mis equipos y nos devolvimos… Hasta que reconsideré que este lugar y sendero igual debían ser populares con turistas. Turistas no-japoneses que potencialmente podrían considerar la idea de llevarse una cámara de souvenir. Así que me devolví a ponerle más empeño en esconder las cosas.
Antes del guardarnos en el hospedaje, una parada en el konbini Yamazaki nos haría daría la cena (microondeable) que tanto anhelábamos, así como el desayuno para mañana. Nuestro último día en el lago Shoji.

15-nov. [Shoji, Nebara]
43,1 km
Último día antes de volver a Tokyo.

Gracias a Machiko-san, supimos que en Shoji había un onsen privado en un hotel cercano, e incluso hizo la reserva por teléfono para ayudarnos. Todo esto a raíz de nuestro comentario el día anterior de que, a pesar de ser nuestra segunda visita al país, no habíamos visitado ningún onsen.
Nos levantamos temprano para aprovechar todo lo posible. Había armado un itinerario para ir a Aokigahara a primera hora y luego volver al onsen a las 11:00. Sin embargo, el cansancio fue el primero en sabotear el los planes. Además, hay poco que se pueda hacer contra la combinación letal del kotatsu y Shanti.

Al llegar al hotel Yamadaya sólo nos dijeron “return here in 45 minutes“, además de leer las instrucciones sobre qué hacer y qué no en el onsen. El ascensor nos llevó al piso 4 y ahí estaba. Todo esto acompañado de una preciosa vista del “Kodaki Fuji” junto al lago Shoji.
Antes de entrar al onsen hay que darse un baño, además de sujetarse el pelo para que no toque el agua. ¡El agua estaba muy caliente! Al otro extremo de mis usuales duchas con agua fría o tibia. Aún así aguanté, preguntándome cuántos minutos lo podría soportar. Y si bien mi descripción podría interpretarse como una experiencia negativa, estaba lejos de serlo.

Imaginamos los fantástico que debe ser el atardecer desde aquí, horario en que, de hecho, es cuando los onsen son más visitados. ¡En invierno debe ser lo máximo!
Sólo pude aguantar 15 minutos. Feru, de una forma u otra, tiene un tiempo de cocción más prolongado para estar al dente. ¿Ayudará esto a mi persistente dolor de espalda de estos días?
Apenas salimos del lugar, algo pequeño en el piso llamó mi atención. No hay que jugar muchos juegos para saber que una billetera tirada en medio de la calle condiciona una misión secundaria.

Antes que nada, miramos alrededor por si había algún potencial dueño despistado, pero estaba vacío. Nos acercamos a una anciana que estaba barriendo (oh sí, asegurando al menos un testigo) y le pregunté si estaría bien llevarla a la policía, que es lo usual en Japón con los objetos perdidos.

Feru daba voz a la razonable posibilidad de que esto pudiera generar algún problema, especialmente al ser dos gaijin con una billetera ajena.
(Espera. Será que… ¿¡Nuestros genes chilenos se están manifestando incluso tratando de hacer lo correcto!? ¡No importa lo que hagas, una billetera llegará a tus manos!)
Recordando todos los momentos en que perdí o casi perdí algo y decir “¡gracias, Japón!”. Mi chaqueta de mezclilla, la billetera, los binoculares… (¡Y los binoculares otra vez! Pero esto todavía no ocurre en esta línea de tiempo). Esto era algo personal y mi oportunidad de una retribución.
“Son buenas personas”, dijo la anciana, luego de decirle que la llevaríamos al “Police Box” de Motosu, algo que en moto sólo nos tomaría 10 minutos. Machiko-san dijo lo mismo, además de comentar “good idea!” cuando supo que la anciana era nuestro testigo estrella en nuestro caso imaginario.

—La billetera es mía.
—N-no… No… ¡Nooo!
A las 13:30 la entregamos en Motosu, al quien parecía ser el único policía de todo el recinto. Se mostró amable y alegre por atender el caso. Revisó los contenidos frente a nosotros y vio que el dueño era un estudiante universitario. (“¿Cómo se dice ‘están arrestados’ en japonés?”, le preguntaba a Feru en susurros). Pobre, todas sus tarjetas, identificación y dinero para seis helados.
Ahora sí, volvemos a nuestra programación original: rumbo a la Michi-no-Eki Asagiri Kogen. ¡Y por el almuerzo!

El estacionamiento era enorme y estaba muy lleno. Sin embargo, el Fuji estaba tan cerca y se veía tan tremendo que no podía imaginar una michi-no-eki con mejor vista que esta. Además, era sábado.

Llegamos con mucha hambre, lo que hizo que el primer carro de yakisoba se viera terriblemente atractivo. Después de comer, entramos a ver qué productos locales había al interior. Muchos artículos, dulces y también licores tenían la temática del monte Fuji. Y entre todo esto, mis ojos brillaron cuando un aparecieron los helados, así que la felicidad llegó en forma de helado de mandarina.


Mirábamos por la ventana, cada uno con su helado, cuando del otro lado vimos un cartel que indicaba “Food Tasting Walking Course of Mt. Fuji”.
…
¡Qué estamos haciendo aquí sentados!
Considerando el tiempo, siempre escaso, de todos los lugares que se repartían la calle elegimos una tienda de té. Ocha Fujien. Aquí pudimos darnos un gusto sencillo y rico de tomar un té acompañado de un daifuku. En retrospectiva, es primera vez que vamos por té en vez de prepararlo nosotros.

Por la ventana se veía el enorme monte Fuji, coronado con nieve y con un velo de nubes que comenzaba a envolverlo desde su base. Y en el primer plano, un curioso cuervo recorría las mesas buscando algo que haya sobrado.

ハシボソガラス | hashibosogarasu
Volvimos a la moto. Antes de partir, una anciana se acercó al estacionamiento de motos, recorriendo con su mirada varias de ellas. Conozco la mirada de alguien que se deleita admirando estas máquinas. Y cuando sus ojos llegaron a nosotros, listos para marcharnos, sonrió y dijo “Kiwotsukete! Take Care. Drive safely!“.
El sol estaba bajando y las nubes entre éste y nosotros comenzaban a realizar el clásico espectáculo de fuego y sombras. Cruzando otra vez la Ruta 71, que el día anterior recorrimos con la luz apagada.


Llegamos al mismo sendero donde dejé mi micrófono y cámara trampa. La penumbra duraría algunos minutos más, así que decidimos recorrer el sendero de 1,8 km antes de que anocheciera por completo.

Silencio. El bosque estaba envuelto en el más absoluto de los silencios. Un shinrin-yoku en mudo. Ningún ave, ningún insecto, ningún ciervo lamentando a lo lejos. Una tarde de otoño dando paso a una noche fría.

Cuando oscureció, recurrimos a mi linterna para avanzar. Intentamos buscar ojos de alguna criatura entre los árboles o sobre ellos, pero aparentemente éramos los únicos en el lugar. Tuve la ilusión de poder hallar algún búho, pero no se logró. Lamenté profundamente no haber pasado un día entero recorriendo el bosque.
Es triste que este lugar sea donde muchos eligen acabar con sus vidas. Más triste, y desagradable, es como una parte de los turistas que lo visitan lo hacen atraídos por la idea de ser un lugar de muerte. Tal vez algo similar al turismo morboso que lleva a gente a zonas de desastre, como a las costas de Tohoku, en el norte de Honshu, donde el tsunami del 2011 causó devastación.
Retiré mis equipos (nada de fauna en la cámara, otra vez) y volvimos a la moto, bañada en la luz azul del poste. Y mientras nos preparábamos, un sonido casi imperceptible llegó a mis oídos. ¿Un insecto? ¿Un ave? ¿Acaso un murciélago? A pesar de usar mi linterna, no vi nada volando sobre nosotros, pero pude grabarlo. (Hasta el día de hoy, no he podido identificar de qué se trata, pero conversando con algunas personas, la cosa apunta a que sería un murciélago).

Pasamos por última vez a Yamazaki por lo que sería nuestra cena y desayuno. Vi en una de sus paredes una foto de una paloma verde y el dueño me indicó que la había tomado él mismo en el lugar.

Así terminó nuestro último día en Imura, en Shoji y junto al Fuji. Mañana tocaría regresar a Tokyo. La pena golpeó rápidamente y el inevitable lamento de no haber hecho y recorrido más también.
Resulta algo similar a cuando pasamos por la Ruta Nacional 274, en Hokkaido, cuando sabía estaba consciente de lo magnífico que era todo, lo afortunado que era de poder pasar por ahí, y también pensar en que mi experiencia se limitaba a simplemente atravesarlo. Y justamente por eso quería grabar fuertemente en mi memoria todo ello. Lo mismo estaba ocurriendo otra vez, a lo largo de todo el viaje. Y es justamente el no saber si volveremos lo que me permite atesorarlo aún más.
Me quedé despierto un buen rato. Feru dormía ya y yo debía hacer lo mismo. Afuera, inmediatamente afuera de la casa, sonaban las agudas vocalizaciones de los ciervos sika. Recuerdo la primera vez que las escuché el año pasado, me pareció un sonido fantasmal junto al lago Utonai (aquí la grabación en iNaturalist).
Me motivé a salir a instalar por última vez mis equipos antes de dormir para luego reptar hacia el futón y dormir al fin. Un merecido descanso.

シカ | shika
つづく




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